Lidia se levantaba temprano cada mañana acompañada de una ligera neblina y una temperatura que no superaba los 18 grados hasta cerca del mediodía a pesar de estar en verano. Era entonces cuando el sol parecía despertar de su letargo nocturno y como una persona que estiraba sus brazos asomaba tímidos sus rayos iluminando el paisaje que cobraba una especial intensidad. La belleza del paisaje, el cambio de luz y los rayos del sol filtrándose a través de una fina niebla que abandonaba el pueblo, pero se resistía a ser vencida y triunfaba en la cima de las montañas, daban al contorno una imagen idílica de un paisaje mil veces dibujado en su imaginación.

Ya el tercer día a primera hora de la mañana, una fina lluvia que allí denominaban orballo, le sorprendió al principio, se sentía en la cara, pero con una finura y sencillez a la que no estaba acostumbrada y que le recordaba esos aparatos que expulsaban vapor de agua húmero en algunas terrazas del centro de Madrid para hacer más soportable el calor. Enseguida terminó por agradecer esa fina lluvia y se sintió feliz.

Despertarse cada mañana con el ruido de los pájaros al lado de la venta, el cacarear de las gallinas y algún perro que otro, le daban una sensación de serenidad y sobre todo de cambio que le provocaba algo que quizá podría parecerse a la felicidad. Al asomarse a la ventana del dormitorio podía contemplar el paisaje con la niebla matutina y sobre las tierras al lado de las montañas ovejas pastando al aire libre en semilibertad y caballos. Además, a primera hora de la mañana veía una yegua y su potro rebuscando tranquilamente entre los hierbajos de la ladera este de la montaña. También había visto algún oso que se conservaban en la zona, y la imagen más tierna era una vaca y su joven ternero en un cercado al lado de la carretera, que cada vez que Lidia pasaba al lado de la valla, se acercaba a éste dando unos saltos un tanto extraños y juguetones. Ambos se miraban como estudiándose, pero ante cualquier gesto de Lidia de intentar tocar al animal, este retrocedía como asustado y vigilante. Cada vez que esto ocurría pensaba en el ternero y en que jamás se atrevería a comer carne de nuevo.

Se instaló perfectamente y empezó a conocer a los vecinos, una de ellas llegó incluso a presentarse y a saludarle en persona incluyendo la típica oferta de amabilidad vecinal de “Si necesitas algo, avísame, será un placer ayudarte”, acompañada de algunos consejos y las informaciones básicas para vivir en el pueblo. También entabló amistad inmediata con una señora muy mayor que vivía en una casita a 10 metros de la suya, rodeada de gatos e historias de ancianita con una mente muy lúcida.

Apenas sin darse cuenta, a los pocos días de su llegada, ya tenía un huerto en marcha. Había seguidos los consejos del marido de la dueña de la casa y de uno de los vecinos y se había decidido a plantar unas calabazas, unos tomates, lechugas y pimientos en un trocito de tierra rodeado de un murete de piedra que hacía esquina con su casa. La aclimatación al lugar no quedó ahí, sino que compró hasta tres gallinas e improvisó con unas rejas un gallinero al que unió el más moderno sistema de alimentación de pienso para las gallinas, con un cargador por la parte superior y un regulador automático que medía en pienso que caía en los comederos.

La adaptación al pueblo y su reciente y nueva forma de vida había sido mucho mejor de lo esperado. Sin embargo había transcurrido más de una semana y apenas había encendido el ordenador en un par de ocasiones para algunos trámites y para consultar el correo electrónico. Consideraba estos días de desconexión, como necesarios, pero enseguida empezó a estar impaciente por escribir, por retomar su novela. Estaba convencida que el nuevo entorno, el ambiente, el paisaje entre el gris del cielo nublado y el verde de los árboles y la naturaleza que rodeaba completamente el pueblo, sería un aliciente para que las musas volvieran de nuevo a visitarla.


Encontré el libro en una estantería de un centro comercial a un precio ganga, de esos que son irresistibles. Y recordé al autor, a quien había conocido hace unos meses como dramaturgo y director del montaje teatral  “Cuando fuimos dos”. Me refiero a Fernando J. López y la novela “La edad de la ira”. No fue, por tanto, una elección al azar, sino curiosidad por el autor. Me ha gustado, lo recomiendo y además me ha impulsado a escribir en este blog por primera vez  sobre un libro. (más…)


Llegamos casi a la meta final en el reto de 9 días, 9 obras y 9 post consecutivos en el blog de gente con duende. En esta octava entrega hablamos de “Verano”, el debut como dramaturgo de Jorge Roelas. Una historia de 3 mujeres en una sofocante tarde verano, donde el calor acompaña  los secretos y las mentiras justo antes de que estalle la tormenta. Sobre las tablas del Fernán Gómez Centro de Arte hasta el 29 de julio en funciones de martes a sábado a las 20:30 horas y domingos a las 19:30 horas. (más…)


Miguel Delibes. Fte:educastur

Estos últimos días se ha escrito mucho y muy bien sobre Miguel Delibes. Mucho porque ha sido un personaje muy importante en el mundo de la literatura y el periodismo, uno de los más brillantes escritores en lengua castellana del siglo XX. Muy bien, porque muchos de sus amigos son hábiles con la pluma y han destilado arte a raudales en su recuerdo. (más…)