Hacía tiempo que ya no llovía, pero cuando llegó a casa todavía estaba mojado. Lo primero que hizo Miguel fue quitarse los zapatos y la fina cazadora y dirigirse al baño para secarse el pelo con una toalla. El regreso había sido mucho más rápido en un taxi para evitar un constipado por la mojada que tenía encima. Una vez seco y cambiado de ropa se sentó en el sofá del salón. El siguiente objetivo era averiguar cómo se llamaba esa joven auxiliar de la clínica a la que había conocido días atrás y a la que no había conseguido quitarse de la cabeza.

Después de un par de llamadas y de una excusa no demasiado elaborada averiguó que su nombre era Lidia Manzanares y que llevaba apenas unas semanas trabajando como enfermera en la clínica. Además supo que había sido una casualidad que ese día concreto hubiese estado trabajando con el doctor Valpincia. Es lo único que pudo averiguar y por ser paciente del doctor, no pudo obtener más información por aquello de la ley de protección de datos. Ahora que sabía su nombre el siguiente paso era visitar de nuevo por la clínica para encontrarse con Lidia, al menos su objetivo ya tenía nombre y muy bonito por cierto

Al día siguiente se acercó a la clínica, pero no se atrevió a entrar. Se sentó en una terraza de un bar que estaba al otro lado de la calle, frente a la entrada de la clínica. Mientras no volviera a trabajar a la oficina, no tenía mucho más que hacer. Tuvo que esperar al tercer día, a última hora de la mañana, cuando la vio salir de la clínica. Dejó el dinero de la cuenta sobre la mesa y se preparó para un encontronazo casual. En ese momento sonó su teléfono. Ahora no por favor! pensó Miguel, pero no pudo evitar el mirar la pantalla. Era su jefe otra vez. Le había llamado el día anterior dos veces y aún no le había devuelto la llamada. Tardó unos segundo en reaccionar y cuando volvió a mirar a Lidia, ésta había desaparecido. Con gesto de disgusto y también de resignación, marcó la rellamada al último número recibido.

La conversación con el jefe no fue demasiado agradable y le hizo pensar que igual lo de dejar el trabajo de manera radical no iba a ser tan fácil. Le estaban esperando con un proyecto nuevo que tenía ya asignado equipo y había que arrancar en breve y sólo él podría dirigir. A ver si resulta que era más imprescindible de lo que pensaba. Después de un par de intentos del jefe de que retomara la actividad al día siguiente y de dos negativas de Miguel, la proximidad del fin de semana le sirvieron de respiro para quedar en hablar el lunes siguiente. Así que tenía 4 días por delante con fin de semana incluido para tomar una decisión que no parecía sencilla.

Dudaba en regresar a casa o comer algo en alguno de los restaurantes de la zona. Era tarde y  estaba hambriento, además no había dejado nada preparado para comer en casa. Comenzó a caminar intentando recordar si conocía algún lugar por la zona que estuviera bien. Un puñado de pasos y no buscó más, restaurante Bodegón, con un muñeco que representaba un cocinero a tamaño natural a la puerta con una especie de  carta donde se podía leer Menú del Día con varias opciones. Se fijó en el menú y había cocido completo. Era miércoles y en la ciudad de Madrid era muy típico la inclusión del típico plato madrileño como opción, de igual forma que los jueves era el día de la paella.

Nada más entrar pudo comprobar que el restaurante tenía todas las mesas llenas. Parece que iba a estar complicado. Esperó a que un camarero con una impresionante fuente en la que pudo ver los componentes de la segunda parte del cocido regresara de una mesa después de dejar la fuente, para preguntarle si había sitio para comer

Tendrá que esperar unos minutos. Sólo hay una persona esperando turno en la barra, el siguiente sería usted. Si quiere tomar algo, le aviso cuando tengamos mesa libre

Miguel le dio el OK y se dirigió a la barra. Allí estaba Lidia.


Después de ese primer tímido beso a la orilla del río entre Mario y Rosa, siguió un segundo esta vez más largo y después un tercero cada vez más intenso, incluso desesperado. Pasó el tiempo entre besos y respiraciones hasta que se separaron y se miraron. Marío sonreía y Rosa estaba más bella que nunca con una mueca pícara en su rostro y de nuevo con ese rizo rebelde que jugueteaba sobre su frente. Parece ser que la felicidad era posible y podía llegar en veranos en un pequeño pueblo. (más…)


Allí estaba ella, sentada al lado del río, tan guapa y tan hermosa como siempre. No, quizá más guapa que nunca con su cabello rubio y esos rizos rebeldes que de vez en cuando le caían sobre la frente y los ojos y que ella apartaba con una gracia infinita. Mario sonrió al tiempo que sentía una punzada en su interior. Estuvo unos instantes contemplándola, quería acercarse, pero tampoco quería romper ese momento que parecía perfecto. (más…)


Había sonado el timbre, pero la conversación continuaba en el salón de Omar y Hugo. Las invitadas recién llegadas, Patri y Carmen, le reprochaban a Hugo como se aprovechaban de la madre del primero, que iba a su casa 2 ó 3 veces por semana para hacerles limpieza y ordenar las cosas. Y no solo eso, sino que además les llenaba la nevera de carne, pescado y una buena provisión de tuppers. La joven pareja se habían independizado recientemente y llevaban pocas semanas viviendo juntos (más…)


Marcos estaba sentado en el sofá acariciando a Messi y a Merlín. Los dos gatos se habían subido encima de sus piernas sin ningún complejo y retozaban emitiendo unos gruñidos de satisfacción. Marcos no les iba a la zaga y les acompañaba con una sonrisa en la cara. Sin embargo, el sonido del timbre de la puerta le puso en tensión. Parece que llegaban los demás invitados a la cena y asomaron de nuevo los nervios. Seguro que eran chicos o chicas tan jóvenes como sus anfitriones y él se iba a sentir fuera de lugar una vez más. (más…)


Era por la tarde, pero aún temprano. El día estaba inestable y varias nubes cubrían el cielo amenazando lluvia cuando Miguel bajó del autobús. Había sido un trayecto después del trasbordo de algo más de 20 minutos, pero la falta de costumbre y los vaivenes provocados por el agresivo modo de conducir le habían revuelto el estómago. El ambiente había refrescado y echó de menos una cazadora más gruesa en vez de la que se había puesto. Había bajado la temperatura del exterior y la suya propia como lo demostraba el escalofrío que sintió. (más…)


Habían pasado unos días, pero la imagen de la auxiliar de la clínica seguía viva dentro de la cabeza de Miguel. Innumerables habían sido las mujeres que habían pasado por su vida. En la mayoría de las veces, historias efímeras ahogadas en una noche, otras breves de varios días de duración  y tan solo en dos ocasiones un amago de algo que podía tener recorrido, pero al final nada. Había acudido a la consulta en el hospital junto a su madre a por los resultados de sus pruebas. Al final todo había sido un susto, pero también una llamada de atención de su cuerpo, que le pedía cambiar de vida para cambiar de vida. (más…)