Mario se pasó la tarde en la tenada, donde le había dejado Marcos después de su charla. No conseguía tomar una decisión. Por un lado quería mantenerse firme y alejado de sus amigos, aceptando la derrota. Pero por otro lado quería agarrase a la última esperanza de no perder a Rosa. Nunca existe el 100%, ni para la victoria, ni para la derrota. ¿Una última oportunidad? También es cierto que eran los últimos días de verano y quería ver a sus amigos del pueblo. Luego el instituto, volver a la ciudad…

Entre un mar de dudas llegó la noche y sin saber cómo sus pies le llevaron hasta la peña. Dejó  pasar un tiempo prudencial, no quería llegar demasiado pronto. La luna brillaba en lo alto atenuando la oscuridad reinante. Sin embargo  los destellos de luz que salían por las rendijas de la construcción marcaban el camino a seguir. Pasaba el tiempo, las dudas seguían ahí, y empezaron a acosarle los nervios. Comenzó a respirar con dificultad, su corazón aceleró el ritmo de los latidos

Aspiró varias veces armándose de valor. Las piernas que le había acompañado hasta allí, no le permitían dar un paso adelante. Estaba paralizado. De pronto la puerta se abrió iluminando parte del exterior, pero no pudo apreciar nada. Era Jaime, giró hacia la izquierda se fue al lateral de la peña. Seguro que a mear, los lujos no llegaban hasta el punto de tener baño. Para qué si el campo era inmenso. No tardó mucho. Regresó y abrió  de nuevo la puerta. La luz, el sonido de la música y la algarabía propia de la fiesta escapaban de la peña con una invitación a entrar

Con este nuevo impulso, Mario dio un par de pasos, y después otros dos, y dos más, la puerta estaba ya a su alcance, cuando se abrió. Era Marcos.

 “Hola Marío, ¿llegas ahora?”

“Si, te dije que vendría”. Hizo un mago de entrar, pero entonces Marcos se interpuso en la entrada de la peña.

Vamos a dar una vuelta”, dijo Marcos

¿Por qué? No querías que viniese a la fiesta. ¿Por qué no me dejas entrar?

En ese momento Mario imaginó lo que se temía. Apartó a Marcos de la puerta y entró en la peña. La música seguía sonando, algunos bailaban, otros bebían y otros charlaban a gritos debido a lo alto de la música. Estaban todos …. O no.

No veía ni a Miguel ni a Rosa. Recorrió con la mirada a todos los presentes dos veces. Lo supo, miró hacia la puerta de la alcoba donde estaban las literas coincidiendo con las miradas de Jaime y de Marta. Sintió un escalofrío. El mundo se paró a su alrededor. Dejó de escuchar la música, un silencio extraño se apoderó de él mientras tenía todo su cuerpo paralizado.

Sintió en su hombro la mano de alguien, no lo sabía a ciencia cierta, pero casi podría apostar que era Marcos. Este gesto le dio la fuerza suficiente para girarse y salir de la peña. Fue caminando hacia el pueblo siguiendo la estela de luz que se escapaba del local e iluminaba la noche estrellada de final de verano. Siguió caminando, con paso lento pero con una firmeza que distaba mucho de su maltrecho  estado de ánimo.

Llegó a casa. Entró en silenció. Su abuela estaba viendo la televisión en el salón. Se acercó a ella y de dio un beso acompañado de un “Me voy a la cama”. Subió las escaleras arrastrando los pies al tiempo que la madera crujía, parecía un llanto sordo que quería acompañar su silencio. Quería llorar, pero no podía. Entró en su habitación, se sentó y comenzó a escribir

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Los dos siguientes días, Mario no quiso salir de casa. Aún le dolía bastante el costado después del golpe en la presa. Pasaban las horas y todavía le dolía, aunque más que el costado era el corazón lo que más tristeza le provocaba. Se seguía aplicando la pomada con esmero, aunque después de la reticencia inicial, ahora dejaba que fuera su abuela quien le aplicase la misma. Por cierto, con bastante mejor maña que el propio Mario. (más…)


Y  no se equivocó. Pasados dos interminables días, en los que había dejado a su mente vagar sin rumbo fijo recordando las experiencias de sus últimas horas, se presentó en la clínica a recoger los resultados de sus pruebas médicas. Y su madre estaba allí, esperando “¿Por qué no has pasado por casa? “ preguntó Miguel al tiempo que besaba a su madre. “Acabamos de llegar directamente del pueblo, tu padre está aparcando el coche. Cada día está peor este barrio y es más difícil encontrar un hueco” (más…)


Quiero verte y mirarte

Quiero que me veas y me mires

Quiero mirarte y sonreir

Quiero que me mires y sonrias

Quiero conocerte

Quiero que me conozcas

Quiero reirme contigo

Quiero que nos riamos juntos (más…)


Miguel viajó hasta el pueblo para visitar a sus padres y quizá también para reencontrase con su pasado adolescente. Le pareció muy extraño reencontrase de nuevo con ellos en la casa familiar y sin discusiones. Tampoco sintió la necesidad de tomar partido por ninguna de las dos partes, como había sido la constante durante los más de 20 años en que habían estado separados. Y ahora, nada más jubilarse, otra vez juntos, como si nada hubiera pasado y acabasen de conocerse (más…)


Pasaron unos días de inusitada calma en la vida de Miguel. Había acordado una semana de descanso con su empresa hasta la espera de los resultados médicos. Tenía días pendientes de vacaciones y su jefe insistió en ello. Desprendido de una pesada carga, aprovechó esos días de descanso, de liberación. Hacía tiempo que no dormía tan bien y se levantaba tan relajado. (más…)


Mario llegó a casa con una ilusión que creía desterrada de su ser. Al menos, por el momento, había olvidado la pesadez que se había apoderado de él las últimas semanas, incluso el desmayo y el paso por el hospital parecían un recuerdo pasado. Se duchó en un instante, buscó entre la vorágine de ropa sucia que tenía amontonada junto a la silla de su dormitorio. Hacía demasiado tiempo que no ponía una lavadora. Encontró un pantalón corto vaquero en el fondo del armario y una camisa con cuadros rojos. Se vistió y se afeitó en un instante y a las 9  menos veinte estaba en la puerta de sus vecinos esperando a Omar. (más…)