Mario iba amontonando camisetas y pantalones sobre la cama de su habitación. Vaciaba el armario mientras decidía lo que se llevaba a la ciudad y lo que dejaría en el pueblo para la próxima visita. ¿Volvería al pueblo? No, mientras Rosa y Miguel estuviesen allí. No quería verlos más. Miraba alternativamente hacia las cuatro paredes de esa habitación que tantos años había utilizado. Miraba con un toque de despedida, como si quisiese dejar allí la amargura que sentía.

Apartó la maleta que tenía desplegada en la cama y se sentó mientras comenzaba a llorar. Era un llanto sencillo, en silencio, sin estridencias y lleno de melancolía. Las lágrimas comenzaron a hacer surcos en ambas mejillas. ¿Por qué era todo tan difícil? ¿Por qué se había enamorado si no era correspondido? Pasaron unos minutos mientras las luces de la calle de filtraban por el cuarterón de la ventana, medio cerrado.

Así estaba cuando oyó a su abuela llamar a la puerta. “Mario, ¿Qué te pasa?” Como éste no respondía, abrió la puerta y entró. Se sentó a su lado y le abrazó. “Me ha llamado tu madre y dice que quieres volver a la ciudad. ¿Qué ha pasado? Aun quedan más de quince días para que empiecen las clases.

Mario solo sollozaba respondiendo al abrazo de la abuela sin decir nada.

“Ay mi niño, que ya se hace mayor. ¿Es por Rosa?”

“Si abuela. No me quiere, sabe que la quiero más que a nada y no me hace caso. Solo se dedica a tontear con Miguel y de mí no quiere saber nada. Dice que seguimos siendo amigos, pero yo no puedo estar en el pueblo viendo como se besa y abraza con otro. No es justo”

“Hay que ser fuerte, estas cosas pasan. Quizá el verano que viene se habrá olvidado de Miguel y podéis estar juntos. Además hay otras chicas. Que se yo que más de una te mira con ojos tiernos”

“No abuela, no voy a volver nunca más. No quiero estar aquí”

“Pero tienes más amigos, ¿Qué pasa con Marcos? ¿También te vas a olvidar de él?, decía la abuela mientras con un pañuelo enjugaba las lágrimas de Mario. “Y conmigo ¿qué? Ya nos va a venir a verme tampoco ningún fin de semana”

“Te veré en invierno cuando vengas a la ciudad con nosotros”.

“Pero para eso falta mucho tiempo. ¿Y qué voy a hacer yo sin ti? ¿A quién voy a preparar el desayuno con miel de naranja? ¿Me vas a dejar sola?”

“Abuela, tienes que entenderlo. No puedo estar aquí mientras estén ellos. Cada vez que les veo siento algo dentro de mí que me duele profundamente”.

“Pues tendrás que esperar al fin de semana, que tu madre trabaja y no puede venir a por ti”.

“Pues me marcho en el autobús y ya está”. Respondió Mario

“Venga, no digas tonterías. Hay que ser fuerte y tirar para adelante. La vida es esto, hay momentos felices y momentos tristes, momentos en que ries y momentos en que lloras. Las cosas son así, a veces su pueden arreglar, pero a veces no hay más remedio que aceptarlas. Ya te he contado muchas veces como me recuerdas al abuelo, eres casi igualito a él y sobre todo ahora que ya eres mayor eres su vivo retrato cuando de conocí. No hay día que no le recuerde y eso que estuvimos juntos muy pocos años”

“Pero no es igual, el abuelo se  murió y no hay remedio. En el mío podría hacerme caso”

“Tu lo has dicho Mario, en tu caso hay esperanzas. ¿Quién te dice que en unos días cambia de opinión y le gustas tú? Y tú no vas a estar aquí, ¿Y si viene a buscarte y no estás? Venga, deja de llorar y vamos a cenar. Después echamos una partida de cartas que tengo ganar de ganarte. Mañana será otro día”

Vale

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