Los dos siguientes días, Mario no quiso salir de casa. Aún le dolía bastante el costado después del golpe en la presa. Pasaban las horas y todavía le dolía, aunque más que el costado era el corazón lo que más tristeza le provocaba. Se seguía aplicando la pomada con esmero, aunque después de la reticencia inicial, ahora dejaba que fuera su abuela quien le aplicase la misma. Por cierto, con bastante mejor maña que el propio Mario.

Era tiempo de curar heridas otra vez. ¿Por qué me habré enamorado de Rosa, si ella no me quiere? Era la pregunta que le rondaba una y otra ven en su cabeza. Recuperó la lectura y la televisión. Era extraño porque casi no recordaba la última vez que hacía eso en el pueblo. Solo Marcos pasó por su casa un par de veces a preguntar por él. La primera vez le despidió, pero la segunda le dejó entrar y se fueron a  la tenada de la parte posterior de la casa.

Allí entre un montón de aperos viejos y en desuso, además de un arado roñoso que había dado todo lo que tenía en otras épocas, Marcos le preguntaba que tal. No fueron necesarias muchas palabras, se conocían desde que tenían uso de razón.

“No sé, es todo muy complicado. Además me duele el costado y no puedo hacer muchos esfuerzos”. Dijo Mario

“Ya, pero eso no significa que no puedas salir con la cuadrilla. Están todos preguntando por ti”

“Y seguro que también se estarán riendo por la caída de la presa”, apuntaló Mario frunciendo el ceño demostrando disgusto.

“Si, se ríen y lo comentan, ya sabes como son. Pero también están preocupados y se preguntan si estás bien, piensan que igual te has hecho daño”

“Y Rosa ¿ha preguntado por mí? Y Miguel,  ¿que ha dicho?”

“Es que estos días les hemos visto poco. Han estado mucho tiempo solos los dos”. Mientras Marcos decía esto, Mario sintió como un cuchillo entrando en su corazón

Perfecto. Está claro. Pues no hace falta que salga. Que les vaya muy bien”. Las palabras salían de la boca de Mario atropelladas, con prisa, rotundas y casi sin pronunciarse. Elevó la voz y acompaño las frases de un tono de enfado que no quería ocultar

“Y los demás ¿qué? ¿Solo te importan Rosa y Miguel?” le contestó Marcos también elevando el tono de voz

“No, sabes que no, pero es que no me apetece salir y verles juntos tonteando y sobre todo sabiendo Rosa lo que siento por ella”

Marcos aceptó lo que interpretó como una disculpa. “¿Sabes quién me pregunta por ti cada vez que me ve? Marta. Ayer vino con una amiga hasta aquí, pero no se atrevió a preguntar”.

Mario giró la cabeza para mirar a Marcos, pero no dijo nada

“Esta noche tenemos cena en la peña. ¿Vas a venir?” Insistió Marcos con la intención de arrancar una respuesta positiva de su amigo. Le veía más triste y derrotado que nunca

Pasaron unos minutos en que ninguno de los dos dijo nada. Se movían en silencio entre los viejos aperos. Marcos esperaba ansioso la respuesta de su amigo, pero como ésta no llegaba, se dirigió hacia la puerta para marcharse.

“Si no vas a venir, me paso esta noche por aquí y jugamos a las cartas” Jaime nos ha explicado un juego nuevo muy divertido. “Si tu no vas, yo tampoco iré”, sentenció Marcos. “Quedan pocos días de verano y tenemos que aprovechar los últimos días para estar juntos. Luego todos volveremos a la ciudad, al instituto y habrá que ponerse otra vez a estudiar y todo el rollo ese”

“Bueno, lo pensaré, pero no les digas nada.”

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