Por suerte, al llegar al ambulatorio acompañado por la propia doctora, no tuvieron que esperar mucho. Las tardes de verano solían ser movidas por caídas, golpes, esguinces y otras situaciones similares cuando las poblaciones de los pueblos de la zona multiplicaban sus habitantes con la llegada de veraneantes y sobre todo muchos niños. Sin embargo esa tarde era extrañamente tranquila.

Solo había una mujer en la sala de espera y otra mujer y una niña en la consulta a quien estaban poniendo una férula en el tobillo izquierdo después de haberse caído hacía unas horas en un pueblo de al lado. Unos minutos de espera, una nueva revisión en la consulta y el doctor de guardia le envió a hacer unas radiografías.

 Mientras esperaba los resultados, Mario recibió la llamada de Marcos preocupado “¿Dónde estás? He ido a tu casa y no había nadie. Pegunté al tu vecino y me dijo que saliste cojeando con tu abuela”

“Estoy en el ambulatorio por la caída, pero estoy bien. Me han hecho unas radiografías y espero los resultados”

“No tenías que haber saltado de la presa. Sabes que es muy peligroso. No sé qué punto de locura te ha dado”

Mario le cortó antes de que éste siguiera hablando. No era el momento de dar explicaciones. “No te preocupes, luego hablamos”

En cuanto colgó la llamada apareció el doctor con unas radiografías en la mano y le invitó a pasar de nuevo a la consulta junto a su abuela.

No tiene nada más que el golpe que se ha dado al caer al agua.  Sin embargo, los dolores seguirán por lo menos 10 o 12 días. Esperemos que con el tiempo y con esta pomada vayan remitiendo

“¿Entonces no tengo nada roto?” preguntó Mario

No, pero debes guardar reposo moviéndote lo menos posible, al menos los dos o tres primeros días. Luego debes hacer algún ejercicio para no perder la flexibilidad de la pierna. Y si te duelo mucho, un calmante”.

El médico extendió una receta con la marca de la pomada y les despidió con un gesto del que está acostumbrado a lidiar todos los días con las burradas de niños, jóvenes y no tan jóvenes habituales durante las vacaciones de verano.

Al llegar al pueblo, Marcos e Iris estaban esperando a Mario en la puerta de su casa.

“Prefiero no ver a nadie. Me duele mucho y el doctor ha dicho que me tengo que acostar”.

Mario entró en casa sin esperar respuesta. Allí se quedaron ambos con la abuela que fue quien les tranquilizó. “No tiene nada, solo el golpe. En unos días estará bien

“Es que no tenía que haber saltado desde lo alto de la presa”, dijo Iris

“Lo que no sé es por qué está tan enfadado. Ayer tan contento con la fiesta en la peña y con el regreso de Rosa y hoy lleva todo el día de malhumor, desde que se ha levantado esta mañana. Y ahora el golpe. No os entiendo, de verdad. ¿Qué es lo que pasa?” Preguntó la abuela mirando directamente a los ojos de Marcos. Sabía que era el mejor amigo de su nieto y nunca se ocultaban secretos

“No sé, está muy raro últimamente. Ya vendré mañana a ver qué tal está”.

Marcos parecía tener prisa en terminar la conversación para que la abuela no siguiera preguntando. Él, que conocía perfectamente a Mario, se imaginaba lo que pasaba por la mente de su amigo después de verle en la peña la noche anterior y por la tarde en el río.

Mario escuchó las palabras desde su habitación pero no dijo nada. Se encerró y ni siquiera quiso bajar a cenar ni permitió que su abuela le ayudase a ponerse la crema por la noche. Solo quería llorar.

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