de-espaldas2Mario subió solo desde el río, regresaba con una ligera cojera y un dolor cada vez más intenso en el costado derecho después de lanzarse desde lo alto de la presa. Pero lo peor era el sabor de la derrota, el saber que había perdido una batalla porque Rosa parecía más interesada en Miguel, a quien hasta unos momentos antes, consideraba uno de sus mejores amigos. El resto de la cuadrilla se quedó jugando a las cartas en la ribera del río después del baño. Estaban todos en corro jugando al burro y pronto comenzarían los castigos para los que fueran más lentos en completar las jugadas.

Al llegar a casa saludó al vecino, que estaba haciendo obras en casa y tenía un andamio que cubría prácticamente toda la acera y entró en silencio.

Pronto llegas” le dijo su abuela que estaba sentada en el salón viendo la telenovela de turno.

Mario subió directamente a su habitación, se quitó el bañador y se miró en el espejo de su cuarto. Tenía unos rozones que cada vez eran de un tono más rojizo. El golpe parecía más fuerte de lo que había pensado al principio, sobre todo ahora que se estaba quedando frío. El dolor se intensificaba por momentos teniendo cada vez más dificultad en mover la pierna derecha. Se vistió como pudo y llamó a su abuela, que pronto se presentó en la habitación.

¡Vaya golpe tienes! ¿Te duele?

“Si, y cada vez más”

Otra burrada ¿Qué has hecho esta vez?” Sin esperar respuesta, continuó “Vamos al centro de salud, que hoy por suerte creo que está el médico de guardia. Si no, tendremos que llevarte al hospital”.

escalera-casa-viejaBajaron las escaleras con más dificultad de la prevista y Mario tuvo que apoyarse en su abuela para no caerse.

Por fortuna el centro de salud estaba cerca de casa, en la misma plaza al lado del Ayuntamiento. Cuando entraron en la consulta, comprobaron que efectivamente el médico, mejor dicho la médico, estaba de guardia, recogiendo sus cosas para marcharse

¡A ver que tienes! ¿Qué te ha pasado? preguntó la doctora

“Un salto en el rio y un golpe contra el agua”, respondió Mario

“Quítate la ropa y vemos como está”.

Empezó por la camiseta, pero le tuvo que ayudar la abuela, después el pantalón. Al llegar a los playeros fue imposible, porque no podía agacharse y tuvo que ser la joven doctora la que le desató los cordones. Lo más duro, fue cuando al tumbarse en la camilla del lado izquierdo, la doctora le pidió que también se bajase el calzoncillo. Mario se ruborizó y dudó unos instantes, hasta que cumplió el encargo mientras se tapaba con la mano. Giró la cabeza para no ver el estropicio entre avergonzado y temeroso por el daño que podía tener.

¡Relájate! Le dijo la doctora. ¿Te vas a poner nervioso porque te vea desnudo?

Desnudo por fuera en la consulta y desnudo por dentro después de haber dejado ver sus sentimientos hacia Rosa. En esos momentos Mario se sentía el ser más desvalido del mundo, golpeado por fuera en la caída y golpeado por dentro con el corazón destrozado.

centro-de-salud“Te voy a dar una pomada para el dolor, pero creo que tendremos que llevarte a hacer una radiografía por ver si hay alguna lesión interna”

“Está bien, voy a avisar a mi cuñado para que nos lleve en coche”, dijo la abuela

No se preocupe, yo voy para el ambulatorio y os puedo llevar sin problema.

La doctora hizo este comentario mientras había abierto un bote de pomada y la comenzaba a extender por el cuerpo magullado de Mario. Éste pronto notó una sensación de calor y el dolor disminuyó  a medida que la doctora aplicaba la pomada por la pierna, parte de la espalda y el costado. Cuando llegó al culo y a la parte lateral de las ingles la doctora continuó aplicando la crema hasta rozar el vello púbico de Mario. La vergüenza que había sentido al principio por estar prácticamente desnudo y que ya casi había olvidado, regresó violentamente cuando notó que había comenzado a excitarse. Rápidamente movió la mano para cubrirse. La doctora le dedicó una sonrisa cómplice y le mandó vestirse de nuevo.

Se bajó de la camilla y de espaldas, maldiciendo la falta de control de parte de su cuerpo, comenzó a vestirse tan rápido como pudo a pesar de que las molestias seguían acompañándole. La misma doctora le tuvo que atar los cordones de las zapatillas porque  él era incapaz

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