malditos-16-cartelTeatro necesario, imprescindible y casi perfecto. #Malditos16 es necesario por su contenido social poniendo encima de la mesa un problema como el suicidio en la adolescencia al que no suele dar voz. Imprescindible porque nadie se lo debería perder, adolescentes, padres y educadores. Y casi perfecto porque como proyecto teatral es sobresaliente, el texto, la dirección y las interpretaciones funcionan  como el engranaje de un reloj que te va dando las horas como dardos que emocionan.

Por montajes como este el teatro es maravilloso. Cuando consiguen que se te encoja el alma en la butaca de un teatro, cuando además denuncian una situación de sufrimiento de miles y miles de personas, que probablemente afecta solo a una minoría de jóvenes (por fortuna) y quizá por eso no se le ha prestado la suficiente atención. La mayor parte de las veces se queda en el entorno de la familia, en silencio y oculto, como si de un estigma culpable se tratase. Unos lo superan, otros acaban marcados o lo arrastran toda la vida y algunos terminan con los problemas de forma abrupta: con el suicido.

Me sucedió el año pasado con Voces en el silencio, después de ver el montaje supe que no vería nada mejor en todo el año 2016 y así fue. Ahora he visto #Malditos16 y es probable que nada de lo que vea en 2017 lo supere. La pena es que cuando escribo estas líneas se está representando la última función programada, aunque estoy seguro que no dentro de mucho habrá muchas más, en Madrid y en otras localidades de nuestro país.

Una escena de la función con el elenco al completo. Fuente: cdn

Una escena de la función con el elenco al completo. Fuente: cdn

La obra está escrita en el marco del proyecto “Escritos en la escena” del Centro Dramático Nacional, donde el texto se va construyendo en equipo: dramaturgo, director y los propios actores que interpretan los personajes. En esta historia, cuatro jóvenes que intentaron suicidarse cuando tenían 16 años, se reúnen en el mismo hospital  y con la misma terapeuta que los trató. Hay un proyecto nuevo, y se pretende que Rober, Ali, Dylan y Naima puedan ayudar con su experiencia a otros adolescentes que estén pasando por lo mismo, el intento de suicidio. Esto supone un viaje para estos jóvenes que reviven la situación que los llevó a intentar quitarse la vida 5 años atrás: un transexual, una niña modelo desde muy pequeña utilizada, una princesa obsesionada por el culto al cuerpo y un joven nacido en un entorno violento y machista con la con la incomprensión de sus padres. Todos ellos distintos, pero que consiguieron formar una especia de familia.

El texto es de Fernando J. López, dramaturgo y profesor de instituto, a quien conocí hace ya unos años con “La edad de la ira” y “Cuando fuimos dos”. En este caso ha construido la historia a partir de experiencias vividas en jóvenes a los que ha dado clase y con los que ha trabajado como voluntario en proyectos sociales. Quizá por eso, quizá por la aportación de los propios actores, es un texto vivo, real y conmovedor. El tempo de cada personaje es diferente, vamos descubriendo las historias que arrastran a diferentes velocidades y no se cierran porque la vida es así de jodida y a veces salir adelante cada día ya es un éxito. Además son como dos obras en sí, dos momentos alternados de manera magnífica, por un lado las vidas a los 16 y después el reencuentro 5 años después, bajo la sabia batuta del director Quino Falero.

Fernando J. López, el autor

Fernando J. López, el autor

Por otro lado están los actores del montaje, todos soberbios. Por un lado los mayores, Rocío Vidal y David Tortosa que dan vida a los terapeutas, aquellos que con su trabajo tratan de ayudar a estos jóvenes y tienen que convivir con una administración para quien este tipo de problemas no es rentable en votos y popularidad, por lo que no se le dedican los medios suficientes. Y luego están los jóvenes, soberbios y muy grandes en el escenario. Manuel Moya es Dylan, Andrea Dueso es Ali, Paula Muñoz es Naima y Pablo Béjar es Rober. Los cuatro encajan, funcionan y conmueven. Enhorabuena. En mi caso, consiguieron arrancarme alguna lágrima.

No he vivido, ni siquiera conocido en mi adolescencia situaciones similares y sin embargo las historias me golpearon brutalmente. No puedo ni siquiera imaginar, lo que puedan sentir al ver la función personas que hayan vivido en la realidad situaciones similares a las descritas en la obra. Por eso insisto, #Malditos 16, cuando el teatro es más necesario que nunca.

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