En la camaDos días después de la visita del joven de la compañía de gas, Marcos aún no había conseguido salir de casa. Deambulaba del sofá a la cama, de la cama al ordenador, y otra vez al sofá con la televisión. Alguna incursión en una cocina sucia y desordenada y un frigorífico cada vez más vacío. Pasaban las horas y todo estaba envuelto en una nebulosa que le invitaba a dormir o simplemente a estar tumbado con la mirada fija en el techo de su dormitorio sin pronunciar palabra e incluso sin pensar en nada. Dejaba el tiempo pasar y esfumarse sin más, sin horizontes, sin planos ni ilusión. Había retomado su rutina agónica previa a la visita. Una rutina que le acompañaba desde hace varias semanas. 

Cuando empezaron a faltar varias cosas básicas, entre ellas comida, se decidió a salir. Cambio de ropa y una ducha rápida. Con un gran esfuerzo salió, pero ya desde el primer momento  dudó si había sido una buena idea. Marcos comenzó a caminar pasando de largo por el supermercado y enfiló la calle principal dirección al centro. Había mucha gente en todos los sitios, ocupaban la acera y también la carretera porque estaba cortada al tráfico rodado. El ambiente era de fiesta, algo grande se debía estar celebrando. La gente sonreía, mirase donde mirase, todo era fiesta y celebración.

Caminaba por la calle y cada sonrisa que percibía en quienes se cruzaba era una bofetada; cada carcajada, un golpe seco; cada beso o caricia, una puñalada en el corazón. La gente sonreía, se besaba y acariciaba, la gente disfrutaba de la fiesta y Marcos sentía bofetadas, golpes y puñaladas en el corazón. Todos parecían ir en una dirección y él en la contraria, todos acompañados y felices, Marcos solo y abatido.

Mucha genteSe apartó de la calle principal hasta llegar a una plaza un poco apartada del bullicio general. Se sentó en un banco de moderno diseño y bastante incómodo. Quería llorar, pero ni siquiera las lágrimas acudían a su llamada, es como si éstas se hubieran confabulado para evitar el desahogo y acrecentar la sensación de soledad. Deseó estar en casa de nuevo, quería estar triste, pero no lo conseguía. Una extraña complacencia sinónimo de aceptación, le acompañaba. Ni siquiera eso se podía permitir, ni siquiera un llanto amargo con que mitigar el dolor. Otra vez esa angustia, esa sensación de invisibilidad, también de estorbo, de cero absoluto.

Después de unos minutos decidió regresar a casa, recordó la necesidad de comprar comida y se puso en marcha en dirección hacia la multitud con el objetivo de alcanzar el supermercado. Apartando gente a su paso llegó a su destino. Desde la gigantesca cristalera que era la puerta de acceso, pudo ver que estaba prácticamente desierto, una única caja y dos personas en la cola. Repasó mentalmente sus planes: comida, zumo de mandarina, fiambre, además de gel, servilletas y lavavajillas. Su cabeza funciona de nuevo. El motor había vuelto a arrancar. No llegó a entrar, se giró y dio dos pasos en la acera. Escuchó un ¡crack! que no supo si llegaba de fuera o dentro de su cabeza. Se paró en seco, dejó que le rodease la gente y tomó conciencia de su absoluta soledad.

Sin poder llorar, sin poder librarse de esa angustia indeseable compañera que se aferraba a su pecho. Una mano invisible que le aprisionaba el corazón. Cristales resquebrajados, brasas humeantes, miles de pastillas de colores, rayas de cocaína, una jeringuilla envuelta en sangre que muerde la carne desgarrada de un drogadicto agonizante, vómito en el suelo, un gran precipicio envuelto en una nube fría. Las imágenes se reproducían de manera atropellada en su cabeza. Falta de aire, imposibilidad de respirar, chorros de sudor recorriendo su frente y su espalda, sensaciones físicas que se apoderaban de él. Resignación, mirada al suelo, aceptación y fracaso, pánico, caminar y tropezar, otra vez el precipicio, soledad, vacío y nada más. Perdió la consciencia y cayó al suelo.

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