salto-al-rio-2Allí estaban los dos, Mario y Rosa en el borde de la presa. Ella estaba paralizada por el miedo. Mario insistió en que le ayudaría a bajar con cuidado por la pendiente hasta llegar al agua, pero ella no se decidía. Ni siquiera después de ver como Marta e Iris, en un alarde de valor, estaban a punto de llegar al agua sanas y salvas. Pasaron un par de minutos, cuando alguno de los chicos, cansado ya de esperar, comenzaba el descenso del río dejándose llevar por la corriente.

¡Vamos! Insistió Mario. “Aunque si quieres lo dejamos y volvemos a pie por la senda. No pasa nada”.

¿Qué pasa aquí?”, Ambos oyeron la voz de Miguel que había salido del agua y ascendido por la parte más escarpada si apenas dificultad.

“Rosa tiene miedo y no quiere bajar. Nos vamos a dar la vuelta por el camino”.

“De eso nada. Yo te bajo en brazos”, dijo Miguel, mientras agarraba a Rosa por la cintura.

Ella se dejó llevar y juntos iniciaron el descenso. Los fuertes brazos de Miguel bronceados por los días de sol se tensaron dejando resbalar algunas gotas de agua. Despacio y con algún achuchón que otro fueron bajando lentamente. Mario vio desde arriba, como Miguel se recreaba y disfrutaba el momento, pegando su cuerpo al de Rosa en algunos movimientos que él sabía que no eran necesarios. Al llegar al borde del agua, junto antes de saltar, Rosa se agarró con sus brazos al cuello de Miguel, quedando sus labios por un instante apenas a un milímetro de distancia.

agua-del-rioMario lo vio desde la distancia. No supo si habían llegado a besarse, aunque fuera un ligero roce. Saltaron y se sumergieron en las aguas de un río que los recibió como a dos amantes en el lecho del placer. Un gesto de contrariedad, derrota, ya conocido otras veces. Los amargos sentimientos que le habían acompañado durante los de ausencia de Rosa llamaron a su puerta. La frustración y la ira que sentía en ese momento se fueron transformando en arrojo y valor. Escaló la valla de la central eléctrica, siguió el camino de Miguel y Jaime y dando un grito saltó al vacío desde lo alto de la presa. Fueron unos instantes de caída libre en los que Mario trató de buscar una posición firme para evitar el choque contra el agua. Solo lo consiguió a medias, porque al entrar en contacto con la superficie sintió un brusco golpe en el costado derecho. Entró en el agua como un misil y enseguida sus pies chocaron con el suelo. Abrió los ojos y no vio nada, aunque de manera inconsciente se impulsó desde el suelo no sin cierta dificultad y ascendió buscando el oxígeno que le proporcionaba la superficie.

Cuando emergió del agua, descubrió las miradas fijas y llenas de sorpresa sobre de él de Miguel, Rosa, Iris y Marta que habían visto la caída. ”¡Estás loco chaval, casi te matas en la caída”, le espetó Miguel, mientras se daba la vuelta y comenzaba a nadar a favor de la corriente iniciando el descenso. Rosa y Marta le siguieron al igual que Iris, aunque ésta, antes de comenzar  a le dedicó una sonrisa.

Mario descendió por el río solo y alejado del grupo con un dolor en el costado derecho que cada vez se hacía más intenso y le molestaba al nadar. Por delante de él, vio como el resto de habían reagrupado en las zonas en las que la profundidad del río era menor y se podía hacer pie. El gran flotador negro se convirtió en un buque al que todos querían abordar, los saltos unos encima de otros se sucedían hasta que el improvisado balandro se balanceaba a un lado o al otro por el peso y arrojaba cuerpos al río. Las aguadillas, los saltos y los alardes de Miguel y Jaime eran aplaudidos por el resto entre gritos de risas y animación.

Si la subida suponía andar más de veinte minutos, la bajada a favor de la corriente fue mucho más rápida, poco más de diez minutos y todos se concentraron en la zona previa a la salida por el desagüe del canal. Las chicas fueron las primeras y corrieron a buscar el refugio de las toallas y del sol que aún calentaba bastante. Algunos de los chicos se quedaron en el agua dando chapuzones, sumergiéndose para emerger de nuevo entre risas y abordajes, esta vez cuerpo a cuerpo.

saliendo-del-aguaMario seguía detrás. en silencio, observando como Miguel había salido del agua justo detrás de Rosa y buscaba sitio en la toalla a su lado. Pasaron unos minutos en que parece que nadie se acordaba de él, solo Marcos le esperó para preguntarle que tal estaba. El dolor del costado cada vez era más intensó. Cuando ambos salieron Marcos se dio cuenta del rojo que marcaba parte de la piel de Mario. ¿Te has hecho daño? Ha sido una caída un poco mala, preguntó

No ha sido nada, todo está bien”. Respondió Mario con un gesto de contrariedad, que se convirtió en una mueca de dolor cuando ascendían por entre las ramas para alcanzar la ribera del río. Al acercarse a las toallas, todos reían alguna ocurrencia de Miguel, que estaba casi abrazando a Rosa.

¿Qué tal estás? ¿Te has hecho daño valiente? Preguntó Miguel con una sonrisa socarrona no exenta de ironía.

¿Tienes el costado rojo? ¿Te duele?

“No ha sido nada”, respondió Mario mientras recogía su ropa y su toalla. “Me subo a casa“. El sabor de la derrota acompañaba su gesto. He perdido una batalla, pero no la guerra. Se dijo a sí mismo dirigiendo sus pasos hacia el pueblo mientras de fondo escuchaba las risas de todos, especialmente la de Miguel que resonaba por encima del resto.

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