salida-del-solLa fiesta terminó cuando el sol asomaba ya por el horizonte anunciando el despertar de un nuevo día que prometía ser muy caluroso, quizá demasiado para ser ya los últimos días del mes de agosto. Al día siguiente, hasta después de comer y un rato de siesta no apareció ninguno de los miembros de la cuadrilla. En vez de reunirse en el frontón o en la plaza como hacían en otras ocasiones, todos fueron reencontrándose en la peña, su nueva adquisición de la que todos estaban orgullosos y satisfechos.

Miguel y Jaime llegaron con el bañador, la toalla y los playeros viejos, anunciando su clara intención de bañarse en el río. Rosa también estaba allí, pero esta vez acompañada de su inseparable amiga Iris, una de las chicas del pueblo, de las que se pasaba el día y los veranos al margen de todos y que parece, con la llegada de Rosa, se había unido a la cuadrilla. Era una chica muy callada y con un aire de cierto misterio, rubia con el pelo liso, la tez muy clara adornada por un sinfín de pequeñas pecas de color marrón clarito y un hoyuelo cerca de los labios, que acentuaba una expresión de quien observa y escucha sin mostrar sus cartas. Pero al fin y al cabo, pensó Mario, es una chica joven y guapa que eso siempre viene bien al grupo.

Su mente comenzó a idear un plan que incluía a Iris como un elemento imprescindible para atraer la atención de Miguel y así apartarle del camino de Rosa. Aún no había conseguido desterrar la imagen de ambos bailando la noche anterior, justo después que Rosa le diera largas a sus intenciones amorosas. Mario después de abrir su corazón a Rosa, se sentía vulnerable. Había expuesto sus sentimientos en público y ahora temía  el daño que puede recibir por haberse desnudado. Todos saludaron a Iris y le dieron la bienvenida. Ella contestaba con frases cortas, casi monosílabos, ocultándose en el aura que desprendía Rosa, como aceptando un papel secundario en la película que estaba por empezar. Mario, fue especialmente simpático con ella, quería conseguir una aliada en sus planes de conquista.

rioComo ocurría casi siempre, todos siguieron a Miguel al río. Hubo que esperar a que algún rezagado volviese corriendo a casa a por los útiles de baño, toallas, alguna colchoneta y un par de flotadores improvisados con las cámaras de aire de la rueda de un tractor, bañadores y zapatillas de todos los tipos, incluyendo las tradicionales cangrejeras para poder caminar por el río lleno de piedras en el fondo. Dejaron las toallas en la ribera, al lado del desagüe del canal en una zona con menos vegetación a ambos lados del camino que corría paralelo al río. Ese día el objetivo era llegar hasta la presa, para después bajar río abajo a favor de la corriente. Fueron caminando entre bromas, chistes y algún que otro comentario pícaro típico entre jóvenes después de una noche de fiesta y con sus cuerpos solo cubiertos con el bañador, lo cual hacía jugar la imaginación con las hormonas juveniles siempre presentes y cada vez más desbordadas.

Llegaron a la presa después de sortear algunas ramas, troncos caídos y una vegetación que crecía libre con la humedad proporcionada por el río. Ahora llegaba la más complicado, puesto que la presa que contenía las aguas del río para producir electricidad tenía una altura de más de cinco metros y la bajada lateral tenía una pendiente bastante escarpada. Mientras los chavales buscaban la mejor manera de descender hasta el remanso que se formaba a la altura del muro de la presa, Miguel y Jaime saltaron la valla de la instalación y caminaron por el borde de la muralla de agua hasta llegar al centro y después de un grito de guerra saltaron directamente al agua desde los casi 5 metros de altura. No era la primera vez que lo hacían, pero provocaron la mirada, no exenta de admiración por el valor de los chicos de la cuadrilla y acompañada de un grito de Rosa.

Tanto Jaime como Miguel emergieron de las aguas en la zona de remanso donde la profundidad del río era mucho mayor y agitando los brazos animaban al resto a seguir sus pasos. ¡Vamos, que es alucinante! Gritaban al unísono llenos de testosterona y orgullo masculino.

presa¡Qué locura!” Comentó Rosa secundada por Iris y Marta, las tres únicas chicas del grupo que se habían animado a llegar hasta la presa.

“¡Están locos! Algún día tendremos un disgusto”, comentó Marta, aunque con un cierto toque de satisfacción por ver su chico, Jaime, como el más valiente del grupo.

Es una tontería y además se saltan la valla de la central y algún día les van a pillar” dijo iris

Mario, que no había prestado atención, se acercó a las tres chicas para ofrecerles la mano y ayudarles a bajar. “¡No, puedo sola!”, dijo Marta.

“Ya lo he hecho muchas veces. Parece peligroso, pero si bajas con cuidado no es tan difícil”.

Iris no tardó nada en decidirse a seguir los pasos de Marta, el resto de chichos ya estaban en el agua chapoteando y animando a las chicas a acompañarles.

Rosa, estaba muy quieta y pensativa. “No voy a poder”.

No te preocupes” dijo Mario, “yo te acompaño y bajamos juntos”.

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