arco y flechasLa conversación había superado al monólogo y continuaba mientras los minutos transcurrían. El joven vendedor seguía desgranando argumentos capaces de convencer y Marcos seguía escuchando como petrificado, fruto de una extraña y agradable sensación. No sé si por lo olvidadas que tenía este tipo de sentimientos o por la fuerza del joven.  Marcos se dejaba llevar. Escuchaba más con el alma que con los sentidos, como el murmullo del agua que corre constante por un riachuelo y acompaña el momento. Había además en su gesto algo familiar, un magnetismo difícil de resistir. Así pasaron varios minutos, mientras el café cumplió su misión hasta su última gota.

Marcos no había entendido nada, o casi nada, y esta vez no por falta de capacidad, sino de atención. Tan pronto escuchaba hablar de calderas de gas y las diferentes opciones, como de los proyectos teatrales y periodísticos del joven. Marcos continuaba transportado, viajando por esa agradable sensación, pero no escuchaba. “¿Que estará pensando este chaval de mí? ¿Qué me ocurre que no soy capaz de articular ni construir ningún argumento razonable?” Estas preguntas sonaban en el subconsciente de Marcos, cuando se dio cuenta que su interlocutor estaba en silencio esperando una respuesta. Marcos, sin saber muy bien cómo acertó a contestar: “Lo pensaré, gracias por la información“.

De repente, un ligero golpe en el corazón, unos latidos apenas audibles al principio, que pronto comenzaron a hacerse más presentes. Sonaban cada vez con más fuerza en su interior y que le transportaba a su juventud, a los recuerdos infantiles del pueblo y las primeras funciones escolares de teatro justo en los momentos anteriores a salir al escenario. Después un ligero balbuceo y falta de aire, quizá no perceptible desde fuera, pero sí desde dentro y por supuesto vergüenza. Se levantó del sofá

dolorEl joven imitó su gesto, entendiendo que la conversación había tocado a su fin. Acompañó al vendedor a la puerta con un caminar lento, mientras le repetía aquello de “lo pensaré”. Al despedirse un apretón de manos sencillo y firme a la vez. La mano pequeña y suave, como recién lavada y bien alimentada de crema nutritiva. Y al tiempo del roce, una especie de moderado escalofrío recorrió el cuerpo de Marcos. Miró la tarjeta de visita que quedó entre sus manos como único testigo de este encuentro. Se llamaba Jorge.

Tenía algo especial, algo que había removido las entrañas de Marcos, como un gran bofetón en la cara, pero sin ningún tipo de dolor. Su corazón seguía acelerado y el ritmo de respiración entrecortado. Apoyó la mano en el dintel de la puerta. “¿Qué me ha pasado?” se preguntó de nuevo sin conseguir aventurar la respuesta. “¿Quién era ese joven que le había removido tanto por dentro haciendo despertar tantas cosas en su interior?” No sabía por qué, pero estaba seguro de conocerle. Era como si los gestos, la manera de hablar, la propia imagen le fuera familiar, algo que formaba parte de él mismo. Enseguida comprendió que tenía que ver de nuevo a Jorge. “Es un vendedor y la simpatía es un arma que utilizan para sus fines comerciales”. “Solo quería conseguir que instalases el gas natural y llevarse su comisión”. “Tú eres uno más de los muchos clientes a los que visita cada día y probablemente uno de los pocos que le han escuchado unos minutos”.  Todos estos argumentos se disparaban de manera atropellada en la mente de Marcos.

dolor hombre“Lo sé”, se repetía Marcos una y otra vez, en un afán de convencerse y tratar de olvidar. Las lágrimas acudieron presto a dibujar la angustia que se reflejaba en el rosto de Marcos cada vez de una forma más clara.  Los golpes en el corazón habían remitido, la respiración se acompasó a un ritmo más pausado, las lágrimas dejaron de brotar. “Solo han pasado unos minutos desde que se fue y ya quiero verle de nuevo. ¿Quién es?”

Esa sensación de necesitar saber más de alguien a quien acabas de conocer, de enfrentarse a un misterio por resolver, como cuando llegando a los últimos capítulos de un libro interesante y no puedes dejar de leer hasta conocer el final y pasan minutos y horas y sigues devorando páginas y páginas. También era consciente de que como en los libros, al llegar al final, al describir el misterio, le invadiría una cierta sensación de vacío y en este caso, probablemente, además de frustración. Pero el libro siempre estaría en su poder, solo tenía que abrir las páginas, y en este caso la cosa era más complicada. “Tengo que volver verle como sea”. “Su teléfono está en la tarjeta, un número seguramente del trabajo”. “La solución está en el gas natural”. Aunque enseguida se dio cuenta que ya lo había instalado hace unos pocos meses.

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