tazas de cafeLos días y las semanas transcurrían lentas, pero constantes. Marcos apenas salía de casa, salvo para las imprescindibles paradas en el supermercado de la zona. En unas semanas había perdido a su mejor amigo para siempre, también el trabajo, había discutido con Miguel y lo peor de todo, se había encontrado de frente con una realidad que durante los últimos años había dejado oculta en el armario. Estaba solo, triste, sin fuerzas  y abatido. El seguir adelante a empujones, por inercia, ya no era suficiente.

Esa misma mañana había recibido una llamada de un ex compañero de la oficina que trabajaba en el Departamento de Recursos Humanos. Ni si quiera se había pasado por la oficina del INEM para regularizar su situación y solicitar la prestación por desempleo que le correspondía. Se le había pasado el plazo, y ahora le esperaban unos días de intenso papeleo y unos trámites que cuando se hacían a su tiempo eran muy sencillos, pero que ahora, fuera de plazo, se convertían en una complicada tarea frente al lento deambular de la maquinaria de la Administración.

Oyó el timbre de su casa y se sobresaltó. Llevaba semanas sin hacer caso a las llamadas al portero automático en el portal, como si él nunca estuviera en casa. Sin embargo, al oir el sonido tan cerca se dirigió hacia la entrada. Abrió la puerta con desgana y delante de él apareció un chico muy joven con la cara iluminada por una sonrisa. Un amago de gesto de fastidio por la interrupción de no sé bien qué, que rápidamente se disolvió como un azucarillo derrotada por la arrolladora presencia y la alegre sonrisa del visitante.

SofaNi si quiera se enteró bien de qué vendía. Parece ser que era empleado de una empresa comercializadora de gas y hablaba y hablaba de las ventajas de instalar el gas natural en casa, del ahorro a medio plazo, del medio ambiente, de la sensación de confort en el hogar, etc, etc. Cuando quiso darse cuenta ambos estaban sentados en el sofá de un salón que a todas luces pedía tanto orden como limpieza. El joven hablaba y gesticulaba y Marcos era víctima de una extraña parálisis. Se sentía cómodo escuchando las explicaciones de este joven de mirada inocente y pícara a la vez, que trasmitía una sensación de agradable bienestar. En su gesto, en su mirada, había algo hipnótico que le resultaba vagamente familiar y a la vez muy atractivo.

Pasados unos minutos y después de conseguir lanzar al ruedo de la conversación, que amenazaba con convertirse en monólogo, alguna frase más o menos coherente, se vio a si mismo regresando de la cocina con una bandeja con 2 tazas de café, dos cucharillas, una jarrita de leche y el azucarero de las grandes ocasiones, sin recordar siquiera el momento en que había ofrecido el café al visitante.

La conversación siguió siendo más bien un monólogo, al joven vendedor le gustaba escucharse. Tendría poco más de 20 años y quizá era una de las primeras  veces que conseguía un cliente dócil y capaz de escuchar. Pronto, el gas natural y sus excelencias dejaron de ser importantes y la conversación giró al mundo del teatro como una de las ilusiones del joven y del periodismo, carrera que parece que estaba estudiando desde hacía poco tiempo. Estudiante de periodismo, actor en ciernes y vendedor de gas natural, una combinación explosiva que denotaba un espíritu inquieto, proactividad y ganas de comerse el mundo. Aunque desde una mirara más experta, parece que ni el periodismo ni el teatro parecían opciones viables de futuro.

Pelo moreno y bastante corto, alto y guapo, aunque con una belleza serena y nada estridente. Unos tímidos apuntes de una barba aún no cerrada, un pendiente de aro dorado con un minicrucifijo en la oreja derecha, una nariz de museo y unos labios que remarcaban una dentadura blanca casi perfecta. La voz profunda, con predominio de tonos graves y un timbre que para nada encajaba con su rosto un tanto infantil e inocente. Pero su voz sonaba bien, muy bien, con ritmo, modulada, cuidada y le gustaba. Gafas de pasta negra cuadradas que escondían unos ojos negros y grandes que amagaban con salir del cerco impuesto por las gafas. Denotaban ganas de vivir y una pasión que contagiaba optimismo.

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