bellezaAllí estaba ella, radiante y luminosa. Pelo largo un tanto alborotado y guapa, muy guapa, tanto que dolía con solo mirarla. Ojos verdes capaces de atravesarte, nariz pequeña y unos labios perfectos que invitaban a soñar con el placer de besarlos. Superaba el 1,65 y su cuerpo se había desarrollado tomando forma, las curvas recorrían toda su figura y Mario se quedó sin palabras, embobado, en silencio en la puerta. La música seguía sonando a todo volumen, pero todos los demás callaron de repente para girar sus cabezas y mirar a Mario.

Paso un instante, las miradas se dirigieron alternativamente a ambos. La expectación se respiraba, incluso daba la impresión de que más de uno estaba aguantando el aire esperando la reacción de los protagonistas. A nadie le era ajeno todo lo que habría sufrido Mario por la ausencia de Rosa. Él sentía su cuerpo agarrotado, recordando los instantes previos cuando la vio en la plaza al bajarse del coche en la puerta de su casa. Habían pasado 4 largos años desde la última vez y no era capaz de reaccionar. Notó como el aire le faltaba de nuevo, le dolían los ojos de mirar a Rosa, intentó hablar, pero fue incapaz.

Fue ella quien rompió el silencio. Se levantó de una de las alpacas sonriendo y con su aire majestuoso se dirigió a Mario: “Hola ¿Qué tal?  Veo que te has convertido en un hombrecito, aunque igual has perdido la voz en ese proceso”. Lo dijo con un gesto burlón que denotaba control de la situación. Era el centro de atención de todos los que estaban en la peña, había sorprendido a todos con su inesperada llegada al pueblo y estaba disfrutando del revuelo y la excitación que había provocado. Mario intentó replicar, pero seguía paralizado por una fuerza superior.

grupoRosa se plantó en el medio de la peña y consiguió atraer la atención de todas las miradas. Había crecido, aunque conservaba toda la magia y encanto de los 13 años. Un pantalón vaquero azul celeste muy estrecho dibujaba sus caderas y una camiseta rosa ajustada no dejaba casi nada a la imaginación. Unos senos pequeños pero perfectos que se asomaban por un escote muy, muy provocador. Un sujetador blanco de los que no llevan tirantes y se enganchan por detrás y de repente el deseo de rodearla con sus brazos, de besar sus labios y recorrer todo su cuerpo mientras desenganchaba ese sujetador para dar la libertad al objeto de su inmediato deseo.

“¿De verdad que no vas a decir nada?  Todavía estoy esperando tu saludo”, dijo Rosa mirando a Mario. Tuvo que ser Miguel quien rompiera un momento que parece estaba camino de convertirse en eterno y lo hizo con un golpe en la espalda de Mario “Vamos tío, que te ha dado un aire, te has quedado alelado. Tanto tiempo hablando de Rosa y queriendo verla y ahora que está aquí no dices nada”. Eso lo comentó en alto, pero justo después y en un susurro añadió al oído de su amigo “Si ya no te interesa Rosa, déjamela para mí, que está más buena que nunca”. Ahora sí que la reacción de Mario fue inmediata con un fuerte empujón a Miguel “Eso ni se te ocurra, ni lo menciones”.

Ambos amigos se quedaron atrapados en una mirada y gesto desafiante y fue Rosa, la que tuvo que mediar con dos besos en las mejillas de Mario seguido de un hola dulce y encantador. Mario respondió los besos y preguntó “¿Cuánto tiempo ¿ ¿Qué tal estás? ¿Acabas de llegar? ¿Cómo ha sido lo de volver? ¿Hasta cuándo te quedas? ¿Qué has hecho estos años?” Lo que antes era una incapacidad de hablar y reaccionar fue rápidamente sustituido por un torrente de palabras, de frases que surgían a borbotones como expulsando por la boca toda la angustia que le había provocado ver a Rosa de nuevo

Tranquilo, poco a poco, tenemos tiempo, me quedaré con los abuelos hasta que empiecen las clases. He dejado el colegio interno, vuelvo a la ciudad y ahora podremos vernos más” Juntos se acercaron a servirse unas bebidas, él una cerveza y ella un gin-tonic. Se sentaron en la parte más alejada de la música. Mario sonreía sin parar, si existe la felicidad, debe ser lo más parecido a lo que sentía en ese momento.

Anuncios