Voces en el silencio cartelY Se llamaban Mahmud y Ayaz, tenían 17 años y fueron ahorcados en Irán solo por amarse. “Voces en el silencio” es un texto delicioso con unos versos que acarician la piel en una historia de amor condenado al fracaso, pero también son palabras que te golpean en la cara, que denuncian nuestro silencio cómplice con la injusticia. Interpretaciones maravillosas llenas de verdad, una dirección perfecta, ausente y siempre presente, conformando un montaje teatral difícil de superar. Se puede ver en la sala Biribó los sábados y domingos de este mes de enero.

José Manuel Lucía Megías, autor del poemario “Y se llamaban Mahmud y Ayaz” y Carlos Jiménez, autor de la dramaturgia y director del montaje “Voces en el silencio”, parten de una historia real ocurrida hace unos años. Dos jóvenes homosexuales de 17 años fueron ahorcados en Irán por el simple delito de amarse. Hace siglos, un sultán llamado Mahmud tenía cientos de esposas, concubinas e hijos, hizo la guerra, participó en muchas batallas, sin embargo fue recordado por el amor que sentía por su esclavo Ayaz, un amor que le llevó a ser esclavo de su esclavo. Sin embargo, cientos de años después, se repite la historia, pero ya no hay poetas que glosen el recuerdo de esta historia de amor. Por eso este texto, este montaje, que hay que entenderlo como uno, está lleno de fuerza, de pasión y de denuncia. Con dos partes diferenciadas, una primera de denuncia genérica para reivindicar el derecho a amar libremente y una segunda  centrada en la historia de Mahmud y Ayaz.

byn_dani_alfonso_elisa_mailPero al tiempo, en la trama conviven de manera trasversal dos miradas que se mezclan e interaccionan. Por un lado, una maravillosa historia de amor, de un amor primerizo y casi adolescente, un amor condenado al fracaso desde el principio, un amor que los conduce a caminar por un abismo a la vista de las grúas que se instalan en las plazas públicas con el siniestro objetivo de cercenar las vidas, las ilusiones y un amor considerado maldito. Las palabras de amor: “Un beso tiritando, pidiendo limosnas de amor, sin atreverse a alzar sus asustados ojos”, “Tu cuerpo vestido tan solo con mis caricias y abrazos”, “Mis dedos en tu cara, dibujándote, creándote y mis labios perdidos en la gravedad de tu pecho”  son palabras del propio autor. Una gran historia de amor, intenso por lo efímero y por la segura derrota. En este caso entre dos hombres, pero bien podría ser entre un hombre y una mujer. En muchos momentos me recordaba a “Romeo y Julieta”, la más grande historia de amor jamás contada. Un amor que es la razón de nuestra existencia, un amor que duele, un amor que asfixia, un amor que te mata, pero que es más fuerte que todo.

Y por otro lado está la denuncia, la posición de la sociedad, encarnada por el personaje femenino. Un elemento que da vida al montaje, porque nos da la vuelta, nos sitúa de frente a la historia de amor, nos interpela para que abandonemos un silencio cómplice que mira para otro lado antes las muchas de las barbaridades que se comenten a cientos de kilómetros, pero también a nuestro alrededor. Una voz que te remueve por dentro y te incita a chillar, a gritar, a protestar  contra la injusticia, contra la conculcación de derechos humanos fundamentales.

_DS10057mailLa dirección es de Carlos Jiménez, quien también dirige la iniciativa “Los martes milagro” en el teatro Fernán Gómez, consistente en la creación de obras de teatro basadas en textos de poetas españoles. De allí partió esta historia que ahora llega a los escenarios. La dirección es magistral, ausente como los buenos directores y presente en los mínimos detalles. Un escenario absolutamente vacío de elementos, solo una horca presente que nos recuerda el trágico final, pero lleno con tres grandísimos actores como Elisa Marinas, Daniel Miguelañez y Alfonso Gómez. Ellos hacen más grande si cabe, unos versos ya de por si maravillosos, pero los dejan caer con un tono, un tempo y unas emociones que hacen que estos versos floten en el espacio, se expandan como el buen perfume,  rocen la piel de los espectadores y te muerdan el alma.

 Alfonso Gómez conmueve, especialmente en los momentos de mayor fragilidad mostrándonos el miedo de quien se sabe perseguido. Elisa Mariñas impresiona siendo la voz del pueblo, la voz de nuestra conciencia, la que nos golpea y nos hace ponernos del otro lado.  Daniel Migueláñez, con apenas 20 años, nos sorprende con una voz, una sensibilidad y una presencia escénica como si llevase toda una vida sobre las tablas. Grita “Yo quiero ser el hombre y quiero ser todos los hombres”, reivindica su derecho a amar, alza la voz, quiere romper el silencio, sabe que las horcas, las grúas levantadas son su destino final, pero por encima de todo quiere amar.

 Ya lo he comentado más veces, una de las mejores cosas de hablar de teatro, es poder encontrarte de vez en cuando, sin saberlo, de repente, con perlas teatrales que te reconcilian con el teatro, que demuestra la capacidad que este arte tiene de llegar al corazón, pero también al alma del espectador. Yo veía la obra, escuchaba el texto y sentía envidia porque quería ser capaz de escribir palabras tan bellas, porque quería ser capaz de decir esas mismas palabras en un escenario, porque quería ser capaz de dirigir un montaje de esa misma manera. Y también me siento un privilegiado por haber disfrutado a rabiar de este montaje, sencillamente perfecto. Así, que no puedo por menos que recomendarlo a todo el mundo. En la sala Biribó, en el paseo de la Esperanza nº 16 (Madrid), los sábados a las 20:30 y los domingos a las 19:00 horas.

Más información y compra de entradas en la web de Sala Biribó 

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