esperazna florMario corría los escasos 500 metros que separaban la peña de la plaza del pueblo. Había recibido el mensaje de su abuela durante la fiesta de inauguración de la nueva peña y sin darle tiempo a ésta a responder, había iniciado una alocada carrera. La abuela dejó también atrás el nuevo local ya todos los amigos que le abrasaron a preguntas sobre qué había pasado, aunque la única respuesta que salió de su boca fue una invitación a esperar, que después ya se enterarían de todo. Regresó caminando hacia su casa con una sonrisa en la boca, mientras seguía la estela dejada por Mario. No tenía del todo claro si era una buena o mala noticia para su nieto, pero mirando al cielo pidió una ayudita a la Virgen.

Fueron apenas un par de minutos lo que tardó Mario en llegar a la plaza. Había bastante tumulto de gente cerca de la casa del alcalde y un cochazo aparcado a la puerta, de donde unas personas que no reconoció sacaban algunos bultos para depositarlos en el interior de la casa. Frenó y con el corazón latiendo a no sé cuantos por hora, se acercó al coche mientras escuchaba los murmullos de la gente que estaba por allí aprovechando la buena temperatura antes de cenar y que se habían acercado al olor de las novedades.  Se paró al tiempo que se veía a sí mismo como un chiquillo muy infantil y desde el centro de la plaza dio un giro de 180 grados volviendo a recuperar la calle Alta por la que había llegado a la plaza. Unos nervios desconocidos por él hasta ese momento comenzaron a recorrer su cuerpo, la mano derecha estaba poseída por un ligero temblor. Creía que el corazón iba a escapar de su cuerpo. Se asustó, se sentó en el suelo mirando sus manos “¡Que me pasa!” exclamó en silencio, mientras se ocultaba en el hueco que hacía la primera casa al terminar la calle. Se sentía enfermo, pero por alguna razón no quería que nadie le viese.

Espero unos minutos mientras trataba de recuperar un ritmo normal de respiración. Pasaron un par de vecinas y le preguntaron si estaba bien, a lo que respondió con un apenas perceptible movimiento de cabeza. La respuesta no fue muy convincente, pero parece que el interés de ambas vecinas estaba más cerca de una simple costumbre, que de un interés real por mínimo que fuera. Se incorporó y salió del hueco, volvió a la plaza, pero el grupo de gente que había a la puerta de la casa del alcalde se había dispersado y el coche también había desaparecido. En ese momento pensó que todo había sido una alucinación veraniega.

camino arbolesVolvió a casa de la abuela, pero la puerta estaba cerrada. No sabía qué hacer, así que se dirigió hacia el río por la senda que durante la noche se denominaba de los amantes, porque no eran pocas las parejas que aprovechando la oscuridad y la lejanía del pueblo aprovechaban la senda y los recovecos que tenía para cocinar sus historias de amor. En ese camino, cada uno tenía su lugar preferido, algunos alrededor de una fuente donde bebían algunos animales, otros en el hueco de la corteza de una encina gigante que había pasado a mejor vida dejando como recuerdo un escondite testigo de momentos especiales. Mario, sin embargo, siguió caminado, pasó la zona de baño, siguió adelante hasta uno de los huecos que la maleza y los arbustos dejaba al lado del río para practicar la pesca. Allí se sentó contemplando en el agua de un río extrañamente tranquilo el reflejo de algunos árboles que se mecían al arrullo de las últimas bocanadas de la luz del día.

A medida que la oscuridad se alzó con su triunfo diario, su mente iba y venía, vagabundeaba con una sola imagen en su cabeza, la de ella, la de siempre, Rosa. No sé el tiempo que pasó Mario allí sentado, inmóvil, solo con el ligero movimiento de una respiración extrañamente tranquila que para nada tenía que ver con la tormenta que vivía su cerebro. El salto de un pez sobre las aguas le devolvió a la realidad, se levantó, recordó que no había comido casi nada y volvió hacia el pueblo. Sin saber por qué, sus pasos le llevaron hacia la recién inaugurada peña. A medida que se acercaba vio como la luz del interior luchaba por escapar por las rendijas de la puerta y las ventanas como intento vacuo de vencer a la oscuridad reinante. Se oía el sonido de la música y las risas y voces de sus amigos de cuadrilla, alguna carcajada y algún sonoro grito. La fiesta estaba en todo su apogeo. Dirigió sus pasos hacia la puerta pensando que tendrían que poner una luz en el exterior para alumbrar el camino, ya que la luz de la última farola del pueblo no llegaba hasta allí. Una piedra se interpuso en su camino y tropezó, como en un intento de confirmar sus pensamientos sobre la necesidad de mejorar la iluminación.

Llegó hasta la puerta, abrió y las risas y el alboroto salió a borbotones de la peña. Desde la entrada pudo ver como habían apartado las mesas, el centro del local se había convertido en una pista de baile donde sonaba la música todo trapo. Al verle, todos callaron, el silencio y un montón de miradas se dirigieron hacia él. Mario se quedó petrificado sin posibilidad de articular palabra. Allí estaba Rosa, sentada en el sofá con un vaso en la mano. Sus miradas se cruzaron.

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