puerta viejaAntes de llegar el viernes por la noche, fijado para la inauguración de la nueva peña, aun quedaba mucho trabajo por hacer. Barrieron el suelo, tiraron algunos trastos viejos que ocupaba espacio sin ninguna función aparente, limpiaron el polvo, colocaron los escasos muebles y las alpacas forradas como improvisados asientos. La puerta tenía una llave de hierro de esas que muchos guardan como adorno en las casas modernas cuando quieren tener toques rurales, así que decidieron instalar un candado con varias copias de llaves, más cómodo para que cada uno tuviera la suya. Además con la ayuda del tío de Miguel, añadieron 2 bombillas nuevas para aumentar la luz del local, una más en la sala grande y otra en la bodega. En la habitación de las literas decidieron no poner luz, ya que la oscuridad era más propicia para los futuros planes de uso.

Para la fiesta consiguieron en secreto un par de botellas de whisky y una de ginebra, herencia de la peña de los mayores que ya habían dado por terminado el verano. Necesitaban cervezas, coca-colas de las grandes y unos cuantos litros de vino para hacer calimocho. Descartaron la limonada que de vez en cuando bebían en el pueblo cuando había alguna fiesta y el ayuntamiento se encargaba de preparar unas cuantas cántaras para el disfrute de vecinos y visitantes. El calimocho era muy apreciado en aquellas tierras por herencia de los visitantes vascos y también los suficientemente barato para cumplir su misión sin necesidad de mucho dinero. Hubo quien optó por hacer un viaje en bicicleta al pueblo de al lado para comprar el vino y las cervezas sin que nadie se enterase, aunque al final las muchas tareas y el poco tiempo les decidió por correr el riesgo y visitar la única tienda del pueblo, la de la señora Teótica. Allí se podía comprar desde jabón para lavar, legumbres, pan, huevos, y también helados y chuches varios. Para no levantar sospechas se organizaron convenientemente. Hicieron varios viajes por separado y con la explicación de que eran para casa compraban los bricks de uno en uno o de dos en dos. La dueña de la tienda, conocedora de los hábitos etílicos  de la mayor parte del pueblo, les recomendaba los vinos que se compraban de manera habitual; aunque ellos los rechazan con excusas, que aunque creían convincentes, no pasaron desapercibidas para la señora Teótica. Que los chavales bebían a escondidas era un secreto a voces para los padres y abuelos, aunque en aquella época las costumbres eran más relajadas y se hacía la vista gorda porque además lo hacían todos.

Mesa con comidaTampoco faltaban las oportunas tortillas de patata cocinadas por las madres más dispuestas, fiambre, y el rey de la fiesta: un pastel de verano que la madre de Marta preparaba en cada ocasión que era menester para demostrar sus cualidades culinarias. Un pastel con chaca, bonito, langostinos, lechuga y mahonesa que hacía las delicias de todos los chavales. Además lo acompañaron de cortezas, patatas fritas de bolsa y sobre todo muchas ganas de pasarlo bien. Y unas mesas plegables y algunas sillas, propiedad del Ayuntamiento,  de las que el pueblo utilizaba para ocasiones especiales aparecieron a primera hora de la mañana. Eso sí, solo para esa noche especial, al día siguiente tenían que volver a guardarlas en el almacén municipal.

La tarde transcurrió más lenta de lo habitual. Unos faroles encontrados a última hora acompañaron la exigua decoración del local. Ese día no hubo baño en el río, ni juego de cartas, ni siquiera peloteo en el frontón. Todo era un ir y venir de jóvenes más o menos atareados, llevando y trayendo cosas, algunas órdenes y también algunas diferencias de criterio entre el grupo de chicos y el de las chicas. Igual no iba a ser tan fácil la convivencia entre géneros en la nueva peña, eso de tener algo en común de forma más o menos permanente había levantado las primeras rencillas. La habitación de las literas y los planes que volaban en la imaginación de algunos de los chicos no tardaron en llegar a oídos de las chicas y se levantó entre ambos una barrera invisible que parecía imposible de franquear.

Sin embargo, a las 9 de la noche, esas posibles diferencias parecían olvidadas en una tregua no negociada abiertamente, pero si aceptada por ambas partes. La fiesta, la cena, los refrescos para beber a la vista y el alcohol escondido para después. Las mesas estaban preparadas, incluso con unos manteles de papel de tonos rojizos y con grandes fotografía de flores, que daban al entorno del local un aire de presencia extraña, como un objeto que anunciaba su irremediable temporalidad.

Mario ocupó su sitio al lado de sus amigos. Una costumbre ancestral, no premeditada, pero siempre presente, situaba en la mesa por separado a chicos de chicas. Aquí ni siquiera las parejas más o menos estables funcionaban, la hora de comer marcada una estricta separación de sexos. Tanto él, como sus amigos estaban contentos y expectantes, aunque en el fondo de su corazón Mario mantenía esa tristeza que parecía se había aposentado en él de manera perenne. No había hecho más que empezar a comer, cuando María, la abuela de Mario, entró en el local con un mensaje para él. Un instante de conversación privada al oído y éste echó a correr en dirección al pueblo dejando a todos con la mirada de sorpresa en la cara.

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