cama vaciaEl sonido del televisor de los vecinos le despertó. Era la sintonía del telediario de la 1, Marcos la reconoció de inmediato al abrir los ojos. Eras las 3 de la tarde, no podía creer que hubiera dormido tanto. La verdad es que la noche anterior escribiendo esa despedida pendiente las horas se le habían echado encima sin saber muy bien como. Se levantó de la cama con una sensación agridulce en el estómago, camino del baño a cumplir con la inevitable llamada de su vejiga.

Después se acercó al ordenador, que aunque parecía inerte, la luz azul del ratón delataba su estado de hibernación. Ni si quiera había apagado el ordenador la noche anterior cuando dejó de teclear. Pulsó el botón de arranque y el ordenador emitió un gruñido característico que siempre le recordaba a un oso obligado a despertar de su apacible sueño invernal. La espera se hizo interminable, el viejo ordenador intentaba arrancar a duras penas para abandonar el letargo en el que había quedado sumido. “Cualquier día dirá adiós y tendré que comprarme otro portátil”, pensó Marcos mientras su mirada se  concentraba en ese circulito azul incompleto e infernal que le recordaba que todo estaba aún por empezar. Después de un interminable momento, se iluminó la pantalla y apareció el texto con la carta de despedida con el cursor parpadeando insolente y provocativo, como exigiendo nuevas palabras, nuevas frases para seguir alimentando el documento de Word. Marcos cerró el archivo y la duda se apoderó de él cuando tuvo que responder a la inevitable pregunta ¿Desear guardar los cambios realizados? El ratón se desplazó hacia el NO y después hacia el SI, un momento de duda. ¿Borrar el documento? ¿Dejar que esas palabras escritas se quedasen para él y solo para él guardadas en algún rincón de su memoria? O quizá la alternativa ¿Guardar los cambios?  Si se decantaba por esta segunda opción, ¿Qué hacer después con el documento? ¿Que hacer con ese grito de desesperación plasmado en un documento y alojado temporalmente en el ordenador?

raton ordenadorAl final el ratón, como si tuviera vida propia, se dirigió a Inicio – Imprimir y al instante la impresora comenzó un lento traqueteo hasta que expulsó una hoja impresa. Marcos agarró la carta, la dobló y la llevó hasta su mesilla de noche, no sin antes presionar el No y hacer desaparecer el documento del ordenador camino de la papelera de reciclaje.

El sonido del televisor de los vecinos se hizo más audible por momentos como si éstos de manera voluntaria quisieran unir las noticias de los desastres que ocurren en el mundo, a la pesada carga de indecisión que torturaba a Marcos ¿Y ahora qué?

Giró la cabeza y vio su teléfono apagado y parece ser que sin batería. De manera automática enchufó el mismo a la corriente y presionó el botón de encendido. Después de unos breves instantes de ingesta eléctrica, el teléfono comenzó a lanzar los mensajes que salían disparados acompañados de sonidos de todo tipo que se atropellaban buscando hueco. La colección de sonidos le hizo concentrar su atención en el teléfono donde tenía 5 llamadas perdidas de la oficina. Era martes y no había ido a trabajar, lo había olvidado por completo “Estoy peor de lo que creía” se repitió a sí mismo en voz alta. Marcó el teléfono de la oficina mientras inventaba una excusa que pudiera sonar convincente, pero después de varios tonos nadie contestó la llamada. Eran más de las 3, final de turno y quizá aun no había regresado de comer la persona a quien le tocase guardia esa tarde. Repasó mentalmente los turnos y si, le tocaba a él. En ese momento volvió a sonar su teléfono móvil y la voz de su jefa apareció al otro lado de la línea. Esperaba algún tipo de grito o queja, pero no, sonaba extrañamente tranquila o al menos eso le pareció a él. Escuchó paciente, sin decir ni una palabra. Se acabó. Ya no tendría que volver al trabajo nunca más.

Colgó, empezó a sentirse mal y regresó a la cama.

Anuncios