casa viejaMario apuraba los días del mes de agosto, cuando los amigos de la pandilla iban recogiendo velas a sus respectivos lugares de residencia habitual. El mes de septiembre, la vuelta  a las clases, el último año de instituto, del que todos decían que era el más duro, amenazaba en el horizonte cada vez más cercano, más inevitable, más descorazonador. La temperatura había descendido, sobre todo por la noche, donde la sudadera se tenía que acompañar de cazadora y de unos pantalones largos, que ya se habían convertido en recuerdo del pasado. La atmósfera estaba teñida de una débil pero persistente sensación de tristeza y de depresión. Cada año, al final del verano, al final de las vacaciones, siempre ocurría lo mismo. Parece que los chavales habían decidido afrontar la depresión postvacacional de manera anticipada.

Sin embargo, una noticia inesperada ocurrió mientras ya contaban los días en una irrefrenable marcha atrás. Jaime llegó una mañana con la noticia de que su tío se jubilaba y ese mes de septiembre ya no tendría que decidir cuantas tierras dedicaba al secano para la cebada o al regadío para las patatas y la remolacha. Ya no tendría que quejarse de los bajos precios de la patata y de los costes interminables entre agua, abonos y horas de trabajo. Había decidido unirse al boom de las viñas y quería arreglar el antiguo majuelo familiar, un tanto abandonado, y plantar nuevas vides para hacer vino. Según contaba Jaime, solo era para hacer vino para el consumo familiar, y era fácil creerle, porque varia eran las cántaras de vino que se bebía por temporada y no faltaba día en que antes de la comida del mediodía se acercase con la jarra hasta la bodega que tenía a la salida del pueblo, donde conservaba el vino al fresco y con todo su sabor.

chicos 1Después de esta larga explicación, mientras todos expectantes esperaban saber donde concluía el relato de Jaime, por cierto, muy dado al suspense y contar las cosas en capítulos, Miguel le insistió en que terminase de una vez.  Jaime, sin embargo, aun mantuvo el suspense unos instantes, pero al final lo soltó: “Mi tío nos deja la casa de los aperos como peña para el año que viene”. Eran necesarias unas cuantas reformas, y una buena paliza para adecentar el lugar, pero estaba muy bien. Tenía luz, estaba fuera del pueblo, al inicio de un camino poco transitado porque acababa en una era abandonada y sobre todo porque estarían lejos de las miradas y la vigilancia de sus respectivas familias. El salto de alegría fue instantáneo, era uno de sus lugares soñados, donde habían pasado algunos ratos cuando era posible.” Pero ¿por qué no empezar ya a utilizarla?, queda poco tiempo de verano, pero aun se podía disfrutar” Fue el comentario de Miguel siempre con la voz cantante y lleno de ideas y planes.

En cinco minutos tomaron la decisión y las ideas comenzaron a brotar por parte de todos. El tío de Jaime se resistió un poco, pero no tardaron demasiado en convencerle. La tristeza de los últimos días del verano dio paso a una ilusión renovada,  a un ritmo frenético por  adecentar el lugar. La casa tenía una sala bastante grande, una pequeña bodega que enseguida se convirtió en el lugar donde almacenar las bebidas que les quedaban y una puerta vieja abandonada en el pajar de los abuelos de Marcos se convirtió de la noche a la mañana en una auténtica barra de bar. Pero la joya del local, era una habitación al fondo con dos amplias literas encajadas en la pared a una doble altura, con colchón de lana incluído. Las apuestas por saber quién sería el primero en utilizarlas comenzaron el primer día. La imaginación comenzó a volar y los planes a cada cual más exagerado comenzaron a surgir, aunque en lo referente a las literas la idea era siempre la misma, una idea fija en todos ellos desde hacía mucho tiempo. Se abría un nuevo tiempo lleno de posibilidades.

pacas de pajaNo tardaron ni dos días en conseguir un frigorífico viejo que estaba contando los días en espera de que el chatarrero se lo llevara, un frigorífico que más que enfriar, solo asustaba, pero que para ellos se convirtió en una preciada posesión. Un sofá de tres plazas y dos tresillos individuales que también apuraban sus últimos días para su destierro definitivo se unieron a la lista de muebles del local. Estaban un poco desvencijados y llenos de polvo, incluso con una culebra que había encontrado allí su cobijo, y que en su huída del hogar dio un susto considerable a algunas de las chicas más melindrosas. Una mesa de cocina con cajón incluido y dos sillas que cojeaban completaron el mobiliaro el segundo día. Sin embargo, necesitaban más asientos y el espacio lo permitía, así que se decantaron por lo que habían visto hacer en las peñas de los mayores. Consiguieron media docena de alpacas de paja de un montón que había cerca de la estación. No preguntaron a nadie, pero tampoco nadie les reclamó por cogerlas prestadas. Tenían forma de cuadrilátero alargado y las forraron convenientemente con unos sacos del abuelo de Marcos. Como improvisados costureros dedicaron una mañana al noble arte de coser, con unas agujas gigantes y unos hilos tan gruesos que parecían cuerdas de esparto. Muchas fueron las puntadas de más que dieron a las alpacas convertidas en señoriales asientos, un tanto duros, pero confortables.

Ya solo quedaba la inauguración, fijada para el viernes por la noche.

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