Rio dueroQue hubiera sido de aquellos eternos veranos en el pueblo sin el río. El agua para beber, pero también para bañarse, para nadar y disfrutar. Las tórridas tardes de verano estaban acompañadas de chapuzones y aguadillas en el río y de toallas tiradas al lado de la ribera para tomar el sol y hacer los oportunos descansos. El acceso no era fácil, pero el desagüe del canal lo hacía un poquito más sencillo. Además cuando el canal arrojaba agua al río, la pared se convertía en una improvisada ducha que a veces se acompañaba con champú y algunas bromas.

Unas buenas cangrejeras de plástico protegían los pies de las hierbas, las zarzas y ya dentro del río, de los muchos cantos que sembraban su lecho. Algunas piedras más grandes localizadas y la corriente hacían complicadas las subidas contracorriente, pero las bajadas a favor eran plácidas. El ritual era casi siempre el mismo, unos 200 metros caminado por la orilla hasta llegar a “la playa”, una de las zonas de fácil acceso y luego descenso a favor de la corriente con las cámaras de tractores convertidas en unos flotadores donde cabían hasta tres y cuatro personas. Abordar la improvisada isla flotante, saltar y caerte lo convertían en un deporte un tanto rural, pero muy divertido.

En la ribera, otro compañero habitual de las cuadrillas eran las cartas. No faltaban las partidas de “burro”, de “continental” y de confidencias y juegos más o menos inocentes como “Verdad, acción o consecuencia”. Con algún intento de tomar el sol y mejorar el bronceado, las horas pasaban sin apenas darse cuenta entre “sardinetas”, chistes y planes de todo tipo.

Jugar al riskEl río tenía, sin embargo, un duro competidor: las partidas de “risk”. Parece mentira como un juego de mesa de conquista con unos dados y los ejércitos desplegados por todos los continentes, consumían las primeras horas de la tarde cuando más golpeaba el calor de los meses de julio y agosto. No faltaba, quien tenía que dedicar algunas horas a estudiar porque septiembre y sus exámenes de recuperación reclamaban la atención de aquellos que no habían conseguido aprobar todo en junio. Algunas horas por la mañana, alguna tarde y las broncas y riñas de algunas de la madres preocupadas por que sus hijos aprobaran los exámenes.

Entre el río, el risk y las cartas transcurrían las tardes de asueto. Eso sí, cuando el sol dejaba de molestar y era derrotado por la sombra, el ejercicio físico era una buena opción con diferentes alternativas. Ya olvidadas las exploraciones de las cuevas de un pico cercano que habían llenado horas y horas de juegos cuando eran más pequeños, ahora la preferida por las chicas era las excursiones en bicicleta a alguno de los pueblos cercanos, donde en asimétrico pelotón ciclista se unían hasta 10 o 12 chavales con todo tipo de bicicletas, desde el último modelo casi profesional a la vieja bici del abuelo olvidada en alguna cochera. Otra opción eran los partidos de futbito o de baloncesto en las pistas deportivas recién inauguradas junto al frontón, aunque la estrella sin duda era el propio frontón, verde, gigante y majestuoso.

jugando al frontonAllí se presentaba todo el mundo con su raqueta y a jugar a “punto y coma”. El que fallaba caía eliminado, hasta que solo quedaba uno que recibía como premio una vida extra  que le permitía un fallo en la siguiente partida. Y también estaba “la coma”, cuando la pelota no era devuelta y existían dudas de quien era el culpable del fallo. Era como el “purgatorio”, un estado de semitortura hasta que uno de los implicados fallaba y caían los dos o más posibles culpables, o hasta que el que fallaba  era un tercero  y desaparecía la coma y a seguir. Allí se juntaba todo el que tenía raqueta, con independencia de la edad, incluso había quien esperaba la raqueta de los primeros caídos en la batalla para entrar en juego.

Y las noches, eran de la peña, o de lo que se hubiese conseguido en su momento. Aquel verano en que nuestros protagonistas rondaban los 17 años, habían perdido el chamizo que a principios de verano y durante las fiestas había sido su lugar de reunión, para escuchar música  y también para beber alcohol, en lo que era un secreto a voces. Ese verano, la situación estaba complicada y las veladas después de la cena había que pasarlas al raso o al abrigo del bar del pueblo. Sin embargo, la buena temperatura, y en ocasiones el abrigo de una buena sudadera hacían muy tolerable aguantar hasta que el sueño llegaba para vencer resistencias, lo que  nunca ocurría antes de las 2 o 3 de la madrugada. Tampoco faltaban las competiciones por ser el último o la última en ir a casa, incluso algún amago con posterior salida de nuevo a la calle convertía a Marcos en el ganador la mayor parte de las veces

Así pasaban los días del mes de agosto Mario, Miguel, Marcos y el resto de la cuadrilla. Sin embargo, entre las risas y los buenos momentos, de vez en cuando aparecía ese recuerdo en Mario, una presencia ausente, necesitada y nunca olvidada: Rosa. El verano no era lo mismo sin aquella niña que le había robado el corazón. Seguro que ahora sería toda una mujer.

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