fajo de cartasMario cogió las cartas atadas con el lazo gris del baúl del desván con mucho cuidado, como temiendo que pudieran deshacerse en sus manos. No sabía qué hacer con ellas, lo que si tenía claro es que era correspondencia privada. Quizá algún secreto, algo de su familia. Un cosquilleo le recorrió el estómago, mezcla de interés y de duda además de un cierto rubor. El primer sobre iba dirigido a María, era lo único que ponía, ni dirección, ni sello. Sin romper el lazo, giró la primera carta para ver si tenía remite comprobando que estaba en blanco. Dejó las cartas en el suelo a un lado y se fijó en los recortes de periódico.

Eran muy antiguos y estaban muy deteriorados, apenas pudo entrever en la fecha de los primeros, año 1940 o eso al menos creyó leer Mario. Además las letras eran cirílicas, propias del alfabeto de la gente del este de Europa, por lo que no fue capaz de entender nada. Las fotos también estaban tan borrosas que apenas se distinguían algunas imágenes difusas de personas. Eran recortes de un periódico ruso de esa época. ¿Por qué estarían ahí? ¿Tendría que ver con el abuelo? La curiosidad y la intriga fue abriéndose brecha en su conciencia y su vista se desvió de nuevo hacia el fajo de cartas que estaba en el suelo. Si no tenía destinatario claro, ni remite y además el abuelo había muerto hacía muchos años, que problema había en leer alguna de las cartas. Se prometió a sí mismo, que si encontraba algo muy personal, lo  dejaría.

Abrió  la primera carta, la letra era sencilla con unos trazos de caligrafía muy marcados y recordó las cartillas de la escuela de los primeros años de EGB. Sin duda era el abuelo quien escribía y estaban dirigidas a una mujer que enseguida comprendió que se trataba de su  abuela María.  Hablaba de Rusia y de las muchas dificultades que tenía para conseguir algo de comer. Parece que el abuelo había salido de España al final de la Guerra Civil y comentaba la ilusión por construir un mundo mejor, hablaba de comunismo y de que todos allí eran iguales, pero pobres. En ese instante recordó a Don Valentín, el profesor de 4º de EGB de Ciencias Sociales  cuando explicaba los sistemas económicos y sociales que existían en el mundo. Mario no tenía un buen recuerdo del comunismo, aunque claro en España en aquella época todavía estaba muy reciente el franquismo y se trataba de otra forma muy distinta de ver el mundo.

periodicosSiguió adelante con la lectura y pronto aparecieron las primeras palabras de amor, de recuerdos de una playa en el norte de España. No quiso seguir leyendo, aquello era muy privado y sin duda dirigido a su abuela. En ese instante sintió unos pasos a su espalda, allí estaba la abuela.

Veo que has encontrado las cartas, eran de tu abuelo. Solo las he leído una vez, pero recuerdo casi cada una de las palabras que me decía”.

 Mario sintió el peso de la culpa, era como un intruso que había invadido una intimidad que no le pertenecía. “Solo ha leído una, abuela, lo siento”, fue su respuesta a modo de defensa improvisada.

“No te preocupes, no pasa nada”, contestó ella. “Lo que ocurre es que están llenas de recuerdos que me llenan de tristeza.  Tu abuelo vivió muchos años en Rusia, después de la Guerra en España y lo pasó muy mal. Al principio estaba muy ilusionado por que triunfara el comunismo en el mundo. Decía que todo sería mejor, un mundo donde todos seríamos iguales y cada uno tendría lo que necesitase para vivir. Pero poco a poco, la ilusión fue cayendo en picado. Los problemas, la escasez de todo, el miedo a decir lo que pensabas. Muchos de sus amigos y camaradas desaparecían de un día para otro y nunca nadie volvía a saber nada de ellos. Me contó que a quienes protestaban por la situación, los enviaban a campos de trabajo durísimos en Siberia, un desierto helado gran parte del año, donde casi nadie sobrevivía. Al final, consiguió volver a España. Aquí la situación se había vuelo más tranquila después de varios años de gobierno del General Franco y casi nadie se acordaba de él. Y el resto ya lo sabes, volvió, nos encontramos de nuevo en el norte y nos casamos. Aunque no duró mucho, traía el frío y el hambre metido en el cuerpo después de los años pasados en Rusia, pero a pesar de todo fuimos muy felices”.

Unas lágrimas escaparon por las mejillas de la abuela. Mario se levantó y le dio un abrazo. “Abuela, algún día me tendrás que contar más cosas del abuelo”.

Claro que sí hijo, pero ahora baja que es la hora de merendar y de tomarte el antibiótico para que se te curen la tos”.

“Voy”, le contestó. Recogió las cartas y los recortes de periódico y las puso en el viejo baúl con el resto de cosas. “Abuelo, algún día volveré para saber más cosas de ti”

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