Lloviendo en el puebloEl verano seguía avanzando sin grandes sobresaltos. La cuadrilla reunida de nuevo casi al completo se veían cada día, por la mañana, por la tarde y por la noche en un sinfín de momentos y actividades. Habían pasado las fiestas de principios de mes y los forasteros ocasionales ya  no estaban. Después de mucho discutir y pelear con el tío de Miguel, para poder seguir manteniendo la peña de las fiestas, habían tenido que aceptar una derrota. El techo no estaba bien y amenazaba con derrumbarse, así que el dueño no quería ningún susto en forma de derrumbe sobre alguno de aquellos chavales. El objetivo era buscar un nuevo lugar donde reunirse bajo techo, a ser posible los más alejados de las miradas del resto de habitantes del pueblo.

Una de esas tardes de verano se puso a llover con la fuerza que solo tienen esas tormentas veraniegas, que llegan para sorprender arrojando litros y litros de agua en apenas unos instantes. Esto, unido a un fuerte constipado, obligó a Mario a quedarse en casa con la abuela, aunque contra su voluntad.  Un rato de televisión con la novela de moda, volver al libro que estaba leyendo y que no le conseguía atrapar. El aburrimiento se apoderaba de él tanto que pensó en la alternativa de una partida de cartas. Sin embargo, no le llegó a decir nada a la abuela, quien al tiempo que veía la televisión se afanaba con una colcha de punto que se había empeñado en hacer ella misma y que amenazaba con acabar con ella o con su paciencia cualquier día. Estaba de mal humor y en estos casos era mejor, dejarle en su batalla y dedicarse a otros quehaceres.

Subió a su habitación con pasos lentos sobre las escaleras de madera, arrastrando los pies como queriendo prolongar el momento al tiempo que se deleitaba con los quejidos de algunas de las tablas ya casi centenarias cuando Mario apoyaba todo su peso en cada paso. Iba a quedarse en el primer piso, pero giró a la izquierda y continuó subiendo camino del desván. Para estos últimos escalones cambio de táctica y lo que en un principio eran pasos lentos y pesados se tornaron en ligeros y silenciosos. No sabía por qué, pero prefirió hacerlo así, para no despertar la atención de la abuela. Era como si albergase la esperanza de encontrar algún secreto con el que paliar el aburrimiento que tenia. Descorrió el cerrojo con cierta dificultad, propio de la falta de uso, y entró en el desván. Le recibió una tela de araña, que tuvo que apartar con disgusto de su cara. Estaba bastante claro que hacía mucho tiempo que nadie subía por allí. Habían pasado ya varios años, desde aquella tarde de diciembre en el puente de la Constitución, cuando él estaba totalmente destrozado por la ausencia de noticias de su amada y la abuela le enseñó el viejo baúl con los recuerdos de su abuelo. En su momento despertó la curiosidad adolescente de Mario, pero esa curiosidad se había quedado allí, superada por la desilusión del amor con Rosa.

baul viejoEncontró el arcón al fondo, junto a la pared trasera de la casa y lo arrastró hacia el centro del desván, buscando la tímida luz que se filtraba por la claraboya. Las nubes parecían ubres llenas de leche que arrojaban la lluvia con fuerza  sobre el tejado provocando un ruido monótono, pero dotado de una cierta armonía. Sin embargo, al golpear sobre la claraboya, el ruido tomaba unos tintes amenazadores y llenos de desesperación que asustaron a Mario. Encendió la luz de la única bombilla que se afanaba, sin conseguirlo, por iluminar todo el desván. Movió de nuevo el baúl hasta llegar a la luz y lo abrió con la esperanza del investigador inexperto que se ve inmerso en una aventura.

Unos viejos cuadernos de colegio, varias fotografías que ya había visto con su abuela, unos pinceles, un estuche con pinturas y acuarelas que fue sacando y depositando en el suelo. Un libro naranja lleno de polvo que ponía “Calendario Zaragozano”, lo abrió con cierta curiosidad, aunque pronto se cansó de ver páginas y páginas con los días del año y predicciones meteorológicas además del santoral. Ni siquiera se fijó en el año al que se refería. También sacó un jersey y una camisa blanca deshilachada y al fondo encontró una caja de latón redonda de galletas danesas de mantequilla, que en su tapa mostraba un inmenso palacio blanco de techos naranjas. Lo abrió con ambas manos y una cierta dificultad. En su interior halló un pequeño libro de tapas marrones descoloridas, con el título de Diario en la portada; unos cuantos billetes desconocidos y otros que si conocía de clase de “Ciencias Sociales”, eran billetes de 50 y 100 rublos, la moneda de Rusia y de la URSS. Por último, en el fondo de la caja, también había unos recortes de periódico y un fajo de varias cartas atadas con un lazo gris.

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