acantiladoAbrió los ojos y escuchó su propia respiración. Sonaba lejana, ausente y como fuera de su cuerpo. Por un momento se vio a si mismo mirando desde otro lugar, desdoblado en una doble personalidad, marcando las distancias al tiempo que contemplaba a ese otro que ni siquiera se movía en la cama. Marcos quiso soñar de nuevo, volar, olvidar otro día de fracaso. Soñar despierto era uno de sus juegos más habituales. Era fácil, porque él mismo decidía lo que ocurría y su imaginación volaba hasta situaciones que no se atrevería a describir en voz alta. Una noche aburrida donde había jugado la enésima partida con el mismo resultado: el fracaso.

La costumbre se había abierto hueco en su forma de sentir. Los latigazos de dolor y tristeza que de vez en cuando chocaban contra su corazón, sólo provocaban un intenso dolor, pero ya no era capaz de sangrar, de llorar. Era como las olas estallando frente a un acantilado rocoso, que orgulloso desafiaba cada día a un mar, unos días embravecido,  otros días manso como un corderito. Pero allí estaba el acantilado, impertérrito, firme, sin responder a las embestidas del mar y sin decir si era capaz de sentir dolor. Esa costumbre también era un motivo de preocupación, a veces se preguntaba si su corazón realmente era como esa mole de roca insensible o si únicamente se trataba de una frase a repetir en momentos de depresión.

Intentó soñar de nuevo, pero las imágenes que construía en su particular escenario desaparecían carentes de la suficiente consistencia para mantenerse presentes. Desistíó, se levantó de la cama un tanto aturdido, buscó las zapatillas y sintió el peso de los años o de las horas dormidas esa pasada noche. Cada vez dormía más, pero lo que en los años de infancia y juventud actuaba como un sueño reparador, ahora se tornaba en un agarrotamiento de los músculos y dolores justo antes de estirar. Con gesto casino y la espalda encorvada, abrió la persiana para descubrir un día nublado que se recuperaba de la reciente lluvia caída, cuya huella se percibía en la acera cercana y en las gotas estampadas en el cristal.

sentado frente al ordenadorEra sábado y trató de repasar su agenda del día. Apenas tardó unos segundos hasta darse cuenta que nada tenía que hacer. Descartó salir a correr por la amenaza de lluvia. Fue hasta el despacho y encendió el ordenador en un acto casi inconsciente, automático y se sentó en la silla a esperar el arranque de un ordenador que suspiraba los últimos meses de vida cargado programas, archivos y documentos escritos que probablemente nunca verían la luz, hasta que recordó su imprescindible visita al baño. Después deambuló hasta la cocina, el estómago un tanto revuelto y después hacia el salón donde encendió la televisión. Un estúpido programa de vídeos de youtube, casi seguro que repetición de una emisión anterior y una rápida visita por varios canales que no despertaron su atención. Dudó si volver a la cama, agarrar el libro que tenía en la mesilla, pero al final se decidió por el ordenador que reclamaba su atención con una nueva actualización de un programa extraño que ni siquiera era consciente de tener instalado.

Habían pasado varios días desde la inesperada visita de Miguel. Todo había quedado en un primer encuentro, la tensa conversación, los reproches y la duda sobre si luchar por recuperar una amistad perdida en años de olvido y distancia. Había visto a un Miguel hundido y derrotado, como no lo recordaba. Los últimos días habían sido inusualmente activos en el trabajo, fruto de una nueva directiva del gobierno tratando de revitalizar una administración agotada. Con la mayor parte del tiempo absorbido por esos nuevos planes, no había tenido la oportunidad de reflexionar. Ahora estaba allí, frente al ordenador, rechazando una nueva actualización y pensado en Miguel y, como no, en Mario y en su reciente suicidio. Por un momento descubrió en su mente la opción de repetirlo en su caso. De abandonar, de dejarlo todo, pero también sabía que nunca sería capaz. No tenía el valor ni la determinación para dar ese paso decisivo que no tenía marcha atrás. Se resignó a seguir adelante, a confiar en la posibilidad de que las cosas cambien, por qué no, algún día le tenía que tocar a él. “No hay mal que 100 años dure” recordó una frase que había escuchado en muchas ocasiones a las señoras mayores del pueblo, tan amigas de los dichos, los refranes y los consejos.

¿Qué hacer? Esa era la gran duda que le asaltaba por momentos. Dar un paso adelante, un giro a su vida, cambiar de ciudad, buscar otro trabajo, alguna nueva actividad, inscribirse en esa web de citas que certificaba un éxito de más del 80%. O no hacer nada y seguir dando pasos cortitos, de día en día y confiar en que las cosas cambien algún día.

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