calle vaciaMiguel abandonó la casa de Marcos con una tristeza infinita y algunas lágrimas en los ojos. Era normal, después de tanto tiempo sin verse, después de haber roto aquella amistad que parecía a prueba de cualquier cosa en el imaginario adolescente. Se preguntó una vez más para qué había ido, por qué había llamado a Marcos. La coraza de fingida autosuficiencia con la que se había presentado, se había roto en pedazos en apenas unas palabras. Tampoco tenía nada que reprochar, se lo merecía.

Caminaba por la calle, hacía frío y una vez más había elegido una ropa demasiado ligera para la ocasión. Miró al frente, y pensó en la semana que tenía por delante hasta que el doctor Valpincia le diera los resultados de las pruebas que le habían hecho. Estaba asustado y una fría soledad le fue abrazando poco a poco hasta provocar un escalofrío. Era hora de tomar decisiones, la alternativa era ponerse a llorar, pero eso no iba con él. Entró en un bar y se pidió una copa, aunque rápidamente cambió de opinión y lo sustituyó por un zumo  cuando el camarero se acercaba con la botella de Ballantines y un vaso con hielo. Era una buena forma de empezar un cambio que se le antojaba más necesario que nunca.

Esa misma noche, en casa, decidió dejar el trabajo, al menos temporalmente. Se alegró de no haber llamado esa tarde a su jefe a la oficina, seguramente ya se habría marchado y decidió dejarlo para el día siguiente. Ahora lo tenía mucho más claro que un par de horas antes. Ni siquiera había mirado su móvil, y cuando se dio cuenta tenía más de 10 llamadas perdidas y unos cuantos mensajes de texto, todos de la oficina. Se sorprendió a sí mismo cuando, en vez de contestarlos, decidió borrar todas las llamadas y mensajes. Un descanso estaría bien, no era imprescindible en su trabajo, podrían pasar sin él y si no, descubrió que le daba igual. Habían sido muchos años de intenso trabajo, de reuniones, visitas, y los famosos dead-line típicos de las consultoras americanas. Todo era urgente, todo era importante y no podía esperar, para el lunes a primera hora antesala de un fin de semana trabajando, para esta misma tarde lo que significaba no comer un día más, etc.

SoledadY él ¿Podía esperar? ¿Podía seguir embarcado en un juego de dinero fácil y éxito profesional, pero también de autodestrucción? Llamaría a la mañana siguiente, hablaría con el jefe y le pediría unos días de descanso. Necesito pensar, eso se dijo a sí mismo, pero en realidad lo que necesitaba era respirar. Quitarse ese agobio que en las últimas horas, desde que descubrió la carta de la cínica, se había convertido en compañero inseparable. Un agobio que no había podido aplacar con la frustrada visita a Marcos

¿Debía olvidarse de Marcos, de Mario y de los recuerdos de una adolescencia feliz y despreocupada? O quizá no, quizá debía dar una oportunidad a aquella vieja amistad. Había visto a Marcos hundido y muy afectado por la muerte de Mario. Pero sabía que había algo más que alimentaba un corazón destrozado. La tristeza con la que le habló, ocultaba más cosas que el duelo por el amigo muerto. Él ni siquiera había tenido la oportunidad de contarle el motivo de su visita, aunque tampoco lo tenía muy claro. El miedo al que se enfrentaba, la posibilidad de tener alguna enfermedad grave y sobre todo el pavor que sentir que estaba solo, el vacío, la sensación de haber desaprovechado su vida en los últimos años.

Cuando era pequeño, jugaba con sus amigos a adivinar que serían de mayores, o al menos a mostrar sus deseos. El siempre había dicho que sería alguien importante, alguien de dejaría una huella más allá de su entorno familiar y de amistad. Ahora se miraba a si mismo,. ¿Había amado de verdad alguna vez? ¿Quién le echaría de menos si dejase de existir? ¿Había dejado alguna marca en alguien? Intentó repasar algunos momentos de su vida, el trabajo, el éxito profesional, el dinero, sus ligues, todas las chicas con las que se había acostado, los amigos,  sus padres separados y lo distanciado que estaba de ellos. Fue descubriendo con terror lo lejos que estaba de sus ilusiones infantiles y le invadió una sensación de vacío, de derrota. Puertas cerradas. Un pasillo estrecho y mal iluminado donde no se ve el final. Un camino que termina en una inmensa pared. Un sonido que llega de lejos, apenas un susurro que le invita a dejarse caer. Qué fácil sería dejarse llevar y acabar con todo. Las dos cajas de pastillas para dormir podrían ser un buen final.

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