dolor de corazonLa paella, como otras veces, no estaba muy buena, pero cumplió su misión. Estaban todos tirados en montón en una manta que había llevado el siempre previsor Marcos, y entre risas y ronquidos forzados estaban pasando las horas de la sobremesa. Hacía un calor pesado amenaza de próxima tormenta y las moscas estaban muy tontorronas revoloteando alrededor. En una mesa cercana un grupo de mujeres había empezado a jugar al julepe y otras al chinchón en la enésima partida del verano. A la derecha, ya fuera del camino, otro grupo de hombres jugaba a una especie de petanca infantil con bolas de colores que quedaban un tanto extrañas en las manos de esas personas mayores.

El verano prometía, el río volvía ser una alternativa de baño y diversión para paliar los calores estivales e incluso el viejo frontón casi abandonado a las afueras del pueblo volvía a tener visitantes ocasionales para ejercitar el arte del frontenis y del  “punto y coma”. Todos los presentes con raqueta participaban en la partida, cuando uno fallaba era eliminado. Había veces, en que la duda sobre el más cercano a la pelota no devuelta existía, y ambos entraban en “coma” hasta que otro jugador fallaba lo que les permitía continuar o si uno de los afectados fallaba, eran ambos los que tenían que salir.  Cuando solo quedaba uno, este se anotaba un “punto” garantía de una vida de repuesto para el siguiente juego

gente jugando a las cartasNiños y niñas corrían de arriba abajo y después de abajo arriba en un incansable juego de voy a molestar a mamá, a la tía, ahora quiero agua, ahora la otra niña no me deja jugar. Algunos comensales habían abandonado ya las mesas y habían comenzado un lento desfile de sillas y mesas plegables a diferentes puntos  de destino. Hasta que Marcos, dueño de la manta pero sentado en una silla al lado, sacó el tema de la peña, la tenada  había sido un préstamo para las fiestas, pero esa misma tarde se terminaban y no sabía qué hacer. Quedaba casi todo el verano por delante y ese año se habían reunido la cuadrilla al completo de nuevo. Los primeros años de instituto habían hecho estragos en algunas familias a base de suspensos y las consiguientes academias de verano, recuperaciones en septiembre y la drástica reducción de la estancia en el pueblo. Sin embargo, ese año a los incuestionables Marcos, Mario y Miguel se habían unido Víctor, Nuria, Marta y una amiga de la ciudad que se llamada Alba, Jaime, Hugo y Sara, aunque estos dos últimos no hacían más que tontear entre ellos y no eran pocas las veces en que desaparecían solos, para pasear y hablar como decían ellos, aunque todos sabían que había algo más.

Todos estaban preocupados por su más apreciada posesión para las tardes y sobre todo para las largas noches de vacaciones, ahora que ya volaban solos con la libertad añadida de no tener hora de llegar a casa. “Ya hablaremos de ello mañana, ahora disfrutemos de lo que queda de fiesta”, señaló Miguel y el tema desapareció por arte de magia. Miguel, sabía aplazar los problemas para que fuera otro quien los resolviera, además tenía esa cualidad innata de líder, que funcionaba como centro de atención y de conseguir que todos les siguieran.

parejaMario, recordó la noche anterior y los besos robados a Alba, la amiga de Marta. Le estuvo persiguiendo desde la víspera, nada más llegar al pueblo y después de varías insinuaciones de ésta y mucha insistencia, Mario acabó rendido la noche del sábado y tontearon con juegos adolescentes no exentos de cierta inocencia. Pero nada más. Solo consiguió una breve pero intensa discusión con Miguel. Era el más guapo del grupo y un ligón de primera división al que pocas se le resistían. Se había fijado en Alba y había trazado sus planes de conquista, pero ella se resistió, lo cual no le sentó nada bien, la derrota no formaba parte de su vocabulario. Así que cuando la vio por la noche con Mario, estalló. Aunque no pasó de un breve enfado, al final la amistad entre Mario y Miguel superó la prueba de fuego, o al menos eso parecía, pero no adelantemos acontecimientos. Esa misma mañana de domingo, justo al salir de misa y mientras un grupo de mujeres llevaba la virgen a hombros, en un traqueteo que amenazaba con la imagen aterrizando en el duro suelo en cualquier momento, Mario se cruzó con Alba y ésta casi ni le miró. Estaba pensando en regresar a la ciudad esa misma tarde y ni siquiera se había apuntado a la paella. Su preocupación era preparar la maleta, de repente parecía haber perdido todo el interés en él. Que complicadas son las chicas, pensó él, parece que no saben lo que quieren

Estaban todos, o casi todos…  faltaba ella, Rosa. No había vuelto a saber nada de ella en los últimos años, aunque cada vez que volvía al pueblo una pizca de esperanza siempre le acompañaba. Se había acostumbrado a no verla, pero no había conseguido olvidarla, así que una sombra de recuerdos y melancolía le visitaba de vez en cuando, sobre todo cuando veía a Hugo y Sara alejarse del grupo y darse la mano cuando creían que ya nadie les miraba. El dolor continuaba presente.

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