paellaLa paella estaba preparada, pero nadie se acercaba a recibir su ración. Las mesas se extendían por la senda al lado del río en una hilera donde costaba ver el final. Se habían congregado una buena parte de los habitantes del pueblo, las mesas llenas y todos, hombres, mujeres y niños sentados en las sillas del Ayuntamiento. Las conversaciones se entremezclaban con los últimos preparativos de los más rezagados, los vasos, el pan, la limonada que habían hecho para la ocasión. Algunos, especialmente los más jóvenes, aun estaban colocando las sillas y moviendo  algunas mesas buscando la escasa sombra que quedaba a última hora. Siempre llegaban los últimos y los mejores sitios están ocupados por esos padres y abuelos que desde primera hora del domingo se afanaban en reservar su territorio.

Todo parecía dispuesto, la paella gigante para más de 300 personas se presentaba orgullosa y desafiante con el predominio de un amarillo intenso propio del colorante, alternado con tonos verdes de los trozos de verdura, rosados de los langostinos que se distribuían de manera uniforme en la superficie y el rojo intenso de los pimientos, que por parcelas asemejaba la bandera nacional. El señor de barbas y barriga prominente que había sido el cocinero para la ocasión, vigilaba a su lado armado con un cucharon gigante en su mano derecha a modo de lanza en pose de guerrero ávido de batalla. Parecía como dispuesto a defender su obra de arte, esa paella gigante, de vida efímera que apuraba sus últimos minutos de gloria. Sin embargo, nadie se acercaba. La gente continuaba con su bullicio y conversaciones de reencuentro y algún que otro viaje con jarras para llenarlas de la limonada que el Ayuntamiento había hecho para la ocasión.

Mario, que ese año, por primera vez se había sentado con su cuadrilla de amigos, pensaba que pasaba algo y no sabía qué. El contorno, se había configurado como un escenario de película de Berlanga de los años 60 en el que la chispa de fatalidad o de casualidad absurda podía estallar en cualquier momento. Pero no pasó nada. Mario no era muy amigo de la paella, de ese tipo de paella, la que hacía la abuela estaba muy rica. Pero una tradición del último domingo de fiestas, obligaba a cumplir con la cita anual. Había un cierto nerviosismo y una sensación de mayoría de edad que le cosquilleaba, como a sus amigos. Al final habían conseguido su propia mesa y sillas suficientes y después de varios viajes a las respectivas mesas de los mayores habían reclutado su provisión de pan, vasos y refrescos y algún que otro cubierto con el que sustituir al tenedor de plástico que llegaba unido a la paella.

gente ribera del rioEn estas fiestas habían tenido su primera peña lejos e independientes de tener que visitar las de los jóvenes y otros no tan jóvenes que ocupaban casas semiabandonadas o algún merendero de los que ya tenían trabajos y dineros para construirlo y que servía tanto para cenar, como de tugurio de partidas de cartas vespertinas y nocturnas, como de improvisada discoteca en los días de fiesta. Mario, Marcos, Miguel y el resto de la cuadrilla, siempre habían mirado con envidia la posibilidad de tener su propio lugar de encuentro, su espacio reservado para la fiesta, lejos de miradas inquisidoras o de tener que deambular por el pueblo ocultando alguna botella de ron, que no sin esfuerzo habían conseguido comprar para completar a los refrescos que ya no sabían a nada si el acompañamiento etílico correspondiente

Habían conseguido ocupar la tenada de un tío de Miguel, un espacio que había despedido a sus habituales habitantes de cuatro ruedas para dar cabida a un par de sofás desvencijados y unas alpacas de paja convenientemente forradas de sacos de pienso. Un frigorífico viejo que más que enfriar la bebida la asustaba, una cómoda vieja que miraba impasible desde una esquina el quehacer de estos jóvenes durante los días previos a la fiesta y que ahora parecía agotada de tanto movimiento y con los ojos cerrados en un apacible sueño como si quisiera evitar ser testigo de lo que allí podía ocurrir. Estos enseres junto a una vieja mesa del antiguo bar completado todo el mobiliario de su peña, que a pesar de no ser más que un chamizo, para Mario y sus amigos era casi todo un palacio. Ahora que se terminaban las fiestas, tenían otra batalla de librar, y era conseguir alargar durante el mayor tiempo posible su nueva posesión. El acuerdo inicial era un préstamos para los 4 días de fiesta, pero todos confiaban en la capacidad negociadora y por que no decirlo, también en el arte de la seducción de Miguel, para convencer a su tío de que la vieja tenada estaba mejor en sus manos que en servir de refugio para un coche y un tractor que ya se habían acostumbrado a dormir en el callejón de al lado de la peña.

En esas estaba, cuando de repente todo el mundo se movilizó y la cola esperando la ración de paella había crecido sin apenas darse cuenta. Miguel acaba de dar la orden y todos sus amigos se dirigían hacia la cola. Se dio cuenta que tenía hambre y los siguió.

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