telefonoMarcos había regresado del funeral de Mario. Había pedido sólo unas horas en el trabajo, desde los últimos recortes a los funcionarios y las críticas recibidas, parecía haber surgido en su departamento un furor laboral desconocido hasta la fecha y todo el mundo parecía estar superocupado. Sin embargo, decidió no volver hasta el día siguiente, quiso mantener, al menos durante unas horas, esa sensación de abandono y también de recuerdo del amigo perdido. Estuvo sentado en el sofá durante un tiempo que se le escurría entre los dedos. Estaba como ausente, hasta que sonó el teléfono.

Igual era su jefa, porque ni siquiera le había avisado de que no regresaría, seguro que tendría bronca. Hola Marcos,  escuchó al descolgar el teléfono. Por un instante dudó, pero enseguida reconoció la voz

Ah! Hola Miguel ¿Qué tal?

¿Me gustaría verte?

Por supuesto, cuando quieras, respondió Marcos

Hoy mismo si no te viene mal, dijo Miguel en una angustiosa mezcla de pregunta y afirmación que demandaba un sí  por respuesta.

Claro ¿Dónde nos vemos?

Me paso esta tarde por tu casa, ¿sigues viviendo en el mismo sitio?

Si, te espero, respondió Marcos al tiempo que un ¡vale! sonó al otro lado de la línea telefónica justo antes de que Miguel colgase

salon modernoMarcos, se quedó con el teléfono en la mano, pensando. ¡Qué extraño! Hacía meses que no sabía nada de Miguel En los últimos años apenas habían coincidido en alguna visita fugaz al pueblo de la infancia, para comprobar cómo la relación se había enfriado casi por completo. Lo más curioso es que esa misma mañana, en el funeral de Mario, no había podido dejar de pensar en él. Había esperado verlo aparecer, primero en el tanatorio la tarde del domingo o si no en el cementerio esa misma mañana, pero nada de eso ocurrió. Era lunes, un día lluvioso y frío de primavera, donde el tiempo parecía haberse sumado al duelo por Mario tomándose la revancha de un fin de semana muy luminoso y extrañamente caluroso para la época del año.

Pasado un rato dejó de llover, aunque el día seguía nublado. Recogió el salón, barrió el suelo y pasó el trapo del polvo. No estaba sucio, ya que Marcos era muy limpio y ordenado, casi un obseso de la limpieza, aun así se esmeró en mejorar la imagen de su casa. Todavía afectado por la muerte de su amigo, su estado de ánimo oscilaba entre la intriga, la curiosidad y las ganas del reencuentro con Miguel. Una gran duda le absorbía por completo. Comió una ensalada preparada, apenas tenía apetito y así transcurrieron las primeras horas de la tarde, hasta que sonó el timbre del portero automático.

Contestó, era él. Pulsó el botón varias veces, la costumbre de que siempre se atascaba la puerta. Súbitamente y sin saber por qué entró en pánico, la mano comenzó a temblar e incluso notó como se aceleraba el latido de su corazón hasta sentir dolor en el pecho. Los 3 minutos que Miguel tardó en llegar a la puerta se convirtieron en una tensa angustia que parecía interminable. No entendía el por qué de esos nervios traidores que le acompañaban. Respiró honde, aspiró y exhaló el aire 3 veces recordando los consejos del profesor de gimnasia del colegio y abrió la puerta. Allí estaba Miguel, con la mano en timbre, pero sin haberlo hecho sonar aún.

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