paisajeAllí en el desván de la casa del pueblo y frente al viejo baúl, la abuela se dispuso a contar a Mario cómo conoció a su abuelo. “Acababa de cumplir los 18 años y fui de viaje con mis padres al norte, a casa de una tía mía ya mayor. Fueron sólo unos días en la playa a finales de verano y justo el día antes de regresar, estando yo paseando por la playa me encontré con un hombre que me pareció muy mayor, tenía muy poco pelo y debía estar cerca de los 30 años. Nos miramos un momento y ninguno supo decir nada. Pasaron unos segundos que a mí me parecieron eternos hasta que él me dio la mano y se presentó como Jorge”.

Mario escuchaba fascinado, mientas la abuela continuó: “Pasamos una agradable tarde, tomamos un chocolate y hablamos mucho rato. Me contó que era marinero y estaba de descanso pasando unos días en casa, me habló de alguno de sus viajes y de las maravillosas cosas que había conocido. Nos despedimos poco antes de anochecer, solo estuvimos unas horas juntos, pero mi corazón quedó marcado a fuego con el que sería un recuerdo imborrable. Al día siguiente regresamos al pueblo, pero yo ya no era la misma. Una sensación de alegría y a la vez de melancolía porque no sabía cuando nos volveríamos a ver”.

“Sabes, tardé 13 años en volver a encontrarme con tu abuelo. Yo había superado los 30 y mis padres habían perdido la esperanza de que me casase, ¡Será una solterona decían! Yo no decía nada, pero mi corazón seguía anhelando aquel encuentro fugaz con Jorge. Una primavera, esa misma tía, la del norte, se puso muy enferma y como estaba sola me enviaron a cuidarla. Había regresado a la costa en un par de ocasiones,  siempre con la secreta esperanza de reencontrarme con él, pero no hubo suerte. Pero a la tercera fue la vencida.

 Aunque estaba bastante ocupada cuidando de mi tía, por las tardes solía salir a pasear un rato por la playa. Aún hacía frío para bañarse, pero me encantaba caminar descalza por la arena, viendo como dejaba las huellas en una playa casi desierta a esas horas de la tarde. Un día, cuando regresaba a casa, le ví. Estaba muy lejos con otros dos hombres, pero distinguí su silueta y sus movimientos. Me dirigí hacia él controlando el impulso de echar a correr, no quería quedar en ridículo y como una colegiala. Quien corrió fue él, en cuanto me vio, y con una gran sonrisa en la boca. Me abrazó y me dio dos sonoros besos en las mejillas que me supieron a gloria y de repente los casi 13 años que habían pasado desde la única y primera vez que nos habíamos vistos, desaparecieron en un instante. Sin pensarlo me vi en sus brazos. Desde entonces y hasta su muerte nunca más nos separamos.

Mar y barcosEsa  misma noche nos comprometimos y Jorge abandonó el trabajo de marino mercante y se puso a trabajar en el puerto, porque no quería perderse ni un minuto de estar juntos. Nos casamos allí mismo, tres meses después. Mis padres se opusieron al principio porque decían que era muy mayor para mí, tenía más de 40 años y mucha experiencia de la vida, por sus viajes como decían ellos, aunque enseguida se dieron cuenta que era probablemente la última oportunidad de casar a su hija y evitar la soltería. Yo creo que vieron en mis ojos una determinación que no permitía dudas. La tía a la que fui a cuidar falleció poco después y nos instalamos en su casa. Fueron los años más felices de mi vida. Tu abuelo de vez en cuando se quedaba absorto mirando el mar y probablemente recordando los viajes y los muchos lugares que había conocido. Una vez descubrí un leve atisbo de pena y añoranza en su mirada, me acerqué a él y le pregunté si lo echaba de menos. El giró la cabeza dando la espalda al mar, me miró y sonriendo dijo que no había mejor aventura y más interesante viaje que convivir conmigo. Tu abuelo murió pronto, cuando tu madre era aun pequeña y yo regresé al pueblo.

Mario seguía aun con la boca abierta mirando a su abuela cuando ésta terminó de hablar, pero fue solo una pausa, porque enseguida continuó: “Yo quería mucho a tu abuelo y le echo de menos, casi cada día me acuerdo de él, por una foto, un comentario, una noticia en la televisión o incluso cuando estás aquí conmigo en el pueblo a veces descubro en ti un gesto suyo. El amor es muy bonito, pero hay que saber vivir con él y también si él. Tienes muy poquitos años, igual no lo entiendes hasta que seas mayor. Te has enamorado, pero la vida sigue, el colegio, los amigos y la familia. Hay que seguir, uno no se puede parar y echarlo todo a la borda. ¿Qué sería de nosotros? ¿Qué te parece si yo me pasase el día llorando y sin hacer nada? La vida hay que vivirla y a veces duele, pero si duele es porque estamos vivos.

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