baul viejoA pesar de estar en diciembre en el puente de la Constitución  y en un pueblo de Castilla, el tiempo era muy benévolo. Las noches eran frías al igual que las primeras horas de la mañana,  pero un tímido y agradable sol estuvo luciendo todos los días con una temperatura más propia del principio del otoño. Durante estos días, Mario jugó y se divirtió con sus amigos, fue un reencuentro agradable con la camaradería del grupo, especialmente con Marcos y Miguel. Solo se veían allí pueblo en puentes y vacaciones de verano, pero eras sus incondicionales amigos del pueblo. 

Y recordando el pasado verano, la imagen de Rosa aparecía en cada ocasión,  con cualquier escusa, su nombre salía a relucir. Habían trascurrido ya más de tres meses desde su repentina desaparición y la agitación persistía en su interior. No sabía si quería olvidarla o todo lo contrario. Una voz en su interior, la más racional le invitaba al olvido, pero otra parte de él quería seguir manteniendo vivo su recuerdo aunque le hiciese sufrir. El día antes de regresar a la ciudad, cuando ya era de noche cerrada, Mario volvió a casa una vez más con el semblante muy triste. Su abuela le llamó y juntos de la mano subieron al desván

Estaba en el segundo piso de la vieja casa familiar y allí se guardaban trastos y muebles viejos llenos de polvo, algunos juguetes recuerdo de una infancia no demasiado lejana y muchos recuerdos.  Muchas habían sido las horas que Mario y algunos de sus amigos habían pasado allí, especialmente en los días desapacibles del  verano. Subir allí y encontrarse con todas esas cosas abandonadas a su suerte constituía un cierto punto de aventura, de riesgo y descubrimientos. En ese ambiente la imaginación infantil había volado en muchas ocasiones, cuando era más pequeño, ahora ya con 12 años cumplidos, asociaba estos viajes a acciones infantiles ya lejanas.

desvanEn una de las paredes del fondo la abuela tenía un viejo baúl. Estaba justo al lado de una claraboya que cuando había sol, iluminaba todo el espacio, pero que ahora dejaba pasar una tímida claridad propia de una luna creciente, casi llena, en una noche despejada de finales de otoño. Una noche serena y recia, con las estrellas escondidas temerosas de una luna que casi en su máximo poder, se erigía cual soberano ejerciendo su poder en el firmamento. Ambos se acercaron al viejo baúl, la abuela con mano experta movió el cerrojo y levantó la tapa al tiempo que una fina capa de polvo se esparció a su alrededor

La escasa luz proyectada desde la claraboya del tejado iluminó el contenido del baúl. En él,  guardaba algunos de los recuerdos del abuelo, quien había muerto bastantes años atrás mucho antes de nacer Mario. Sacó unas fotografías en blanco y negro en las que aparecía la abuela sonriendo al lado de un señor muy serio y con poco pelo. “Sabes Mario, te pareces mucho a tu abuelo, muchas veces con algunos de tus gestos me recuerdas a él”, comenzó hablando mientras Mario expectante no sabía qué hacer. Miraba alternativamente las fotos y a su abuela. Ésta continuó hablando: “¿Sabes cómo conocí a tu abuelo?”

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