El viaje a ninguna parte- cartelUna novela y una película de Fernando Fernán Gómez, ahora llevada  a las tablas del Centro Dramático Nacional en una versión de Ignacio del Moral y la dirección de Carol López. Una compañía ambulante de teatro recorre los pueblos de una España pobre y  gris en los años 50 del siglo pasado. Sienten y viven en teatro, pero el fin de esta forma de vida está próximo, es un viaje a ninguna parte. Un homenaje al oficio del cómico, no demasiado bien visto en aquellos años, representado por un equipo de actores jóvenes y veteranos con mucho oficio sobre las tablas.

A esta compañía de teatro, donde casi todos son familia, llega Carlitos, el hijo de Carlos Galván, que a su vez es hijo del primer actor y fundador de la compañía, Don Arturo.  Este joven, interpretado magníficamente por Tamar Novas, no entiende esta forma de vida, duda de que la sangre del teatro corra por sus venas, aunque todos tratan de convencerle para que se quede en la compañía. Sus aspiraciones son más humildes: ser administrativo, casarse y…  comer todos los días. Vamos viviendo el día a día de este grupo de cómicos, sus amores y desamores, algunas de sus historias, la contradicción humana de una profesión que aman, pero que a la vez desprecian y, sobre todo la decadencia de una forma de vida, que irremisiblemente toca a su fin. Frente al teatro ambulante, la pobreza de una España rural ignorante y sin recursos donde no hay sitio para la cultura, ni para el cine, tanto en su forma ambulante de dura competencia en los pueblos, como en una nueva posibilidad de trabajo ante las cámaras, que para algunos de los actores de más edad llega demasiado tarde.

Una escena de la obra. Foto: David Ruano. Fuente: CDN

Una escena de la obra. Foto: David Ruano. Fuente: CDN

Al ver la función es imposible no establecer un cierto paralelismo con la situación actual del teatro en nuestro país, e incluso de la cultura en general. Es evidente que la situación económica de la que disfrutamos en España esto años, a pesar de la dura crisis, es mucho mejor de que la afectaba a una inmensa mayoría de los españoles en los años 40 y 50 del siglo pasado. Sin embargo la idea de que la cultura y el teatro es una especie de lujo que no nos podemos permitir está calando en muchos sectores de ideologías más conservadoras. Cuando uno defiende que un IVA del 21% es una puñalada al cine y al teatro español y que son necesarias ayudas para mantener lo que es una industria cultural que mantiene a miles de familias en nuestro país, se encuentra con el argumento de que en momentos de crisis hay que recortar en todo y especialmente en los menos necesario, como la cultura. Sin dejar de reconocer un cierta verdad en todo ello, es duro reconocer que en ciertos sectores más conservadores se percibe también como un peligro para el poder establecido algunas  manifestaciones culturales más comprometidas. Aceptar esta situación de derrota para la cultura es retroceder de golpe muchas décadas de desarrollo y situar a España al nivel de un país subdesarrollado, en una tercera o cuarta fila, quizás a la España gris e ignorante que nos muestra este texto. “Al teatro solo se dedican los pobres, a nosotros nos va bien” como se dice en un momento de la función.

Camila Viyuela

Camila Viyuela

Volviendo a la obra en sí, el texto de Ignacio del Moral, basado en la novela y la película de Fernando Fernán Gómez, es muy bueno. En la dirección de Carol López hay que destacar el acierto en los movimientos grupales, describiendo el deambular de pueblo en pueblo de una manera muy poética. También hay que señalar  el fenomenal trabajo de todo el elenco. Ha conseguido, como pocas veces ocurre, que todos los actores mantengan un altísimo nivel demostrando oficio sobre las tablas. A través de las tres generaciones familiares se observan los diferentes roles que explican muy bien la función: Miguel Rellán, en el personaje de Don Arturo, el fundador de la compañía que refleja la decadencia del oficio; Carlos, interpretado por Antonio Gil, el hijo que se debate entre el amor a la profesión y la posibilidad de cambiar de rumbo porque quizá todavía está a tiempo y; Carlitos, con una soberbia interpretación de Tamar Novas, con un acento gallego que le viene de origen y un aire desgarbado, que marca el rol del que no encaja desde el principio en una familia de cómicos. Muy bien, también están el resto del elenco, Olivia Molina, Amparo Fernández, Andrés Herrera y José Miguel Navarro. Mención aparte, merece una deslumbrante Camila Viyuela, que sorprende con una presencia escénica apabullante demostrando un oficio de actriz de largo recorrido a pesar de estar arrancando la veintena. Tal vez la sangre de actores (Pepe Viyuela y Elena González) que corre por sus venas tiene mucho que ver. Quizá Camina Viyuela, como actriz marca el contrapunto al personaje de Tamar Novas. Ser actor requiere trabajo, pero también un algo especial (quizás el duende, una vocación, un cariño, etc.) sin el cual es imposible aceptar los sinsabores de una profesión, de un oficio, que no vive sus mejores momentos. Muchas veces, hemos oído aquello de “Cuando pruebes el escenario, ya no lo podrás dejar”, aunque no en todos los casos funciona.

Como dice Don Arturo en la función “El teatro tiene veneno, es un misterio, hace reir a la gente, les haces llorar, los cómicos somos una casta privilegiada” o Carlos Galván que se pregunta “¿Donde está el maná de los cómicos? No somos de ninguna parte, somos don camino”. Reflexiones muy interesantes acerca del oficio de cómico.  Una obra muy recomendable, que se puede ver en el teatro Valle Inclán (Centro Dramático Nacional) hasta el 6 de abril de 2014. Los horarios son de martes a sábados a las 20:30 horas y domingos 19:30 horas.

Más información en la web del Centro Dramático Nacional

Anuncios