PosicionMiguel pasó la tarde en casa, no quiso hablar con nadie. Después de leer la carta de la clínica donde le citaban para la mañana siguiente, estuvo sentado en el sillón. No sabía qué hacer ni qué pensar. Simplemente se quedó en silencio, mirando fijamente la hoja de papel que le anunciaba su próxima cita, estaba atenazado sin poder moverse. La carta de la clínica debía llevar varios días en el buzón porque los fines de semana no había reparto. La imagen de la muerte se acercó de nuevo y recodó a Mario, y su reciente suicidio.

Después de un tiempo que le pareció eterno, cuando el sudor de la reciente carrera se convirtió en una incómoda y fría sensación, se levantó y fue hacia la ducha. Tenía frío, a pesar de que la mañana de ese domingo brillaba el sol. Se vistió cómodamente y se dirigió a la concina a prepararse algo de comer, aunque por el camino descartó la idea. Giró y su destino fue el mueble bar y su botella de Ballantines. Se preparó una copa. La calefacción central estaba encendida, sin embargo necesitó un calefactor que tenía para momentos especiales. Se acurrucó en el sofá, tapado con una manta y descubrió como su mente iniciaba un viaje por algunos momentos de su pasado más reciente y también más lejano. Pensó en Mario, en su amistad de cuando eran niños y también en Marcos, los tres amigos inseparables en el pueblo,  siempre dispuestos a pasarlo bien y a aprovechar cada momento. Ahora casi no tenían contacto, de hecho no había apuntado ni siquiera la fecha ni el lugar del funeral de Mario. Recordaba la llamada de teléfono de hace unos días que le anunció la muerte por suicidio, la necesaria autopsia por no se qué temas legales, pero nada más, ni fecha, ni lugar. ¿Qué habría pasado con Mario? y ¿Qué sería de Marcos?

ositoMeciéndose en una extraña sensación de frío y whisky, fue recordando algunos de los mejores momentos de su vida. Hacía tiempo, que no se tomaba un rato, un descanso para sí mismo. Siempre acuciado por las entregas del trabajo, por la exigencia autoimpuesta de aprovechar la vida al máximo, disfrutar y añadir conquistas amorosas a su interminable lista. No sabía por qué, pero estaba seguro de que su vida iba a cambiar. Así pasó la tarde, sin hacer nada, hasta que el estómago le reclamó alimento. Eran cerca de las 9 de la noche y no había comida nada durante el día. Esta vez si llegó a la cocina, abrió el frigorífico y lo tuvo claro: huevos fritos, jamón y patatas acompañados de una minibaguete congelada que depositó sobre la mesa de la cocina. Más que comer, devoró y se sintió mejor, aunque de manera efímera puesto que la tristeza le volvió a envolver.

A la mañana siguiente, se levantó temprano. Apenas había podido dormir unos breves espacios de tiempo entre las interminables vueltas en su cama gigante. Era lunes y lloviznaba, llamó a la oficina para decir que no iría a trabajar, tenía cita con el médico. De todas formas, ese día su mente no estaba preparada para librar la batalla diaria en la que muchas veces se convertía su trabajo. No quiso desayunar nada, una ducha rápida, dos intentos de vomitar y un estómago revuelto además de un malestar general que pesaba como una losa premonitoria.  Salió de casa y se dirigió a la clínica. A pesar de la ligera lluvia, decidió ir caminando, tanto para intentar despejarse como en una especie de castigo personal con la esperanza de redimir la pena o la condena que le esperaba en la consulta del médico. Fueron 20 minutos de trayecto, hasta la cercana clínica para una vez allí comprobar que había llegado más de 1 hora antes de la cita. Una amable recepcionista, le invitó a pasar a una sala de espera que estaba vacía. Cogió una revista de la mesa y comenzó a hojearla.

ClinicaNo habían pasado más de 10 minutos, cuando un hombre vestido con una bata blanca entró en la sala de espera. “¿Es usted Miguel Gutiérrez? Soy el doctor Valpincia”, le contestó a la vez que extendía  su mano derecha en señal de saludo. Tras el breve apretón de manos, un “sí, soy yo”, un “gracias por venir”, un  “acompáñeme, por favor, a mi despacho”, unos 30 pasos por un pasillo de paredes blancas, un giro a la derecha, una puerta abierta, un “pase, por favor”  Miguel se vio a sí mismo sentado frente a aquel doctor simpático, con pelo y barba entre el rubio y el pelirrojo, una tez blanquecina y un conjunto de pecas diseminadas como hormigas en laborioso trabajo por ambas mejillas y también una sonrisa atenta y franca. “No puede ser tan malo, si el doctor está contento” pensó Miguel

Se acercó a la silla, apoyo su mano derecha en el brazo de la misma y de repente solo vio el techo de la estancia y una luz difusa. Se desmayó y apenas pudo escuchar las disculpas del doctor. “Ha sido un error, confundimos sus resultados. Hemos hecho nuevas pruebas y usted no tiene de qué preocuparse”

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