InterrogantesHabía entregado su carta de amor a Rosa. Después de varios días, algunos intentos frustrados y más de un momento de apuro, lo había conseguido. Es lo que Mario respondió  a sus amigos en la plaza del pueblo mientras estos le miraban con la cara llena de sorpresa. Se marchó hacia su  casa dando saltitos y con una sonrisa bobalicona en la cara. Eran más de las dos de la tarde  y su abuela llevaba ya un rato esperándole.

No era habitual que se retrasase a la hora de comer, sabía lo importante que para ella eran los horarios y las rutinas. Llegó a casa, dio un beso a su abuela y se fue directamente al baño a lavarse las manos. ¿Qué hay hoy para comer? Preguntó sin dar tiempo a la reacción de la abuela, ésta le miró perpleja, incapaz de reñirle por el retraso. No sabía por qué, pero la sonrisa de Mario le sentaba muy bien y decidió olvidar la riña. !Niños!, en fin, fue su exclamación.

Niños de la manoAsí pasó el resto del día, por la tarde se quedó en su cuarto, en silencio, degustando el sabor de la victoria y soñando con lo que serían los próximos días con Rosa. Pensaba en su cara redondita, en los rizos del pelo domados a fuerza de muchos peinados, su nariz chiquita, el irresistible lunar en la mejilla derecha, en sus dientes perfectos y blancos blanquísimos. Quería caminar de la mano a su lado, quería abrazarla y rozar sus labios. Estaba exultante y feliz y se propuso escribir una lista con las cosas que quería hacer y también apuntar los detalles que sabía que no le gustaban a las chicas de su edad. Lo quería hacer bien, Rosa era su chica y estaba seguro que después de su declaración de amor todo sería maravilloso. Escribió y reescribió la lista.

Llegó el día siguiente. Se levantó, desayunó en unos minutos y salió casi volando en dirección a la plaza. Era temprano, y no estaban ninguno de los amigos de su cuadrilla. Un vendedor ambulante con una furgoneta un tanto desvencijada estaba aparcado en uno de los laterales y a su alrededor  un grupo de mujeres del pueblo charlando. Mario se acercó, ya lo había hecho otras veces, le encantaba curiosear y se preguntaba cómo era posible, que ese hombre de edad incierta, pudiera tener tantas cosas en su furgoneta: jabones, detergentes  y otros útiles de limpieza, plantas, calderos, hilos y telas de varios colores, camisetas, pijamas y ropa interior, que aunque no estaba a la vista, él lo sabía por experiencia propia.

plaza de puebloAsí pasó la mañana, sin noticias de Rosa, y también el día siguiente y el siguiente. La inicial alegría había progresado hasta la desesperación. Llegaron sus padres al pueblo como anuncio del final del verano. Sin darse cuenta, agosto estaba a punto de terminar y el regreso al colegio y a la ciudad estaba a la vuelta de la esquina. Recibió la noticia como un mazazo, como una enfermedad. El  invierno a la vuelta de la esquina, llegaría de golpe como un traidor superando a un otoño inexistente, como le decía su difunto abuelo cuando era muy pequeño. “Nosotros tenemos dos estaciones, el invierno y el infierno, el otoño y la primavera son lujos de gente bien de otras latitudes”. Carmen y Manuel, sus padres, se preocuparon por la actitud de Mario. ¿Qué pasa? No te alegras de vernos. Su madre peguntó a la abuela y ésta no supo que contestar. Es cosa de los últimos días, igual está triste porque se acaba el verano, decía la abuela, al tiempo que añadía “Ya sabeas que aquí lo pasa muy bien”.

Mario no quiso decir nada, estaba como ausente.  No sabían cuento dolor en su corazón, la ausencia de noticias de Rosa le atormentaba en cada momento.  Subió hasta su habitación y se tiró encima de la cama llorando con la cabeza entre la almohada. El llanto no le permitía escuchar nada, pero de repente sintió una mano en su espalda y escuchó una voz familiar dentro de la habitación. “Se la han llevado sus padres a Madrid, parece que va a cambiar de colegio y por eso se han marchado antes. Su abuelo me dijo algo de una carta, hablaré con él mañana”. Mario se incorporó, giró la cabeza, “gracias abuela” se escuchó a si mismo y comenzó a sonreir.

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