corazonMario pensaba en los secretos, como la receta de la miel de naranja de la abuela, en la que su mente infantil había depositado su esperanza para conseguir el amor de Rosa. Pronto ya había olvidado su diaria derrota con su abuela por ser el primero en levantarse de la cama. No había manera. A última hora de la mañana, después de trastear en el huerto, cogió la carta que con tanto mimo había escrito a Rosa y se dirigió a su objetivo: la plaza mayor del pueblo.

Allí se reunían toda la cuadrilla, en torno a unos bancos desvencijados, viejos y sufridores de muchos años de intemperie. A sus espaldas, la inmensa pared de la iglesia, con unas marcas de pintura y una cinta metálica que señalaba lo que hasta hace no mucho tiempo había sido un frontón improvisado. Ahora, desde que las subvenciones de la Diputación Provincial y unos de esos planes de fomento del deporte, que habían plagado de frontones todos los pueblos de la comarca incluido el suyo, la plaza se había ganado de nuevo para pasear, para las bicicletas y también para el cortejo amoroso. El nuevo frontón, como un gigante verde y silencioso se alzaba imponente en las afueras, abandonado y triste como las ilusiones pasadas de moda. Alguna comida organizada por el Ayuntamiento, un par de exhibiciones de pelotaris profesionales cuando el presupuesto de las fiestas daba un poquito de margen y poco más.

La plaza siempre había estado ahí, como ese amigo fiel que nunca te abandona, y en la plaza también estaba ella, Rosa, la niña más bonita de toda la región, la niña que había robado el corazón de Mario, y el de Luis, Marcos, Miguel y Jaime. Era imposible no estar enamorado de esa niña de ojos dulces y azules. Tenía 12 años, era la nieta del viejo alcalde quien ni siquiera recordaba ya los años que llevaba el bastón de mando. Algunos decían que había sido alcalde en la dictadura y en la democracia con todos los partidos políticos, un hombre muy serio y siempre enfadado al que Mario y toda la cuadrilla tenían un miedo atroz. Sólo le habían visto reir con su nieta, como habían podido comprobar en varios episodios de espionaje en secreto.

Rosa pasaba cada verano unas semanas con sus abuelos. Su madre era profesora de universidad en Madrid y su padre un hombre de negocios siempre muy ocupado que apenas tenía tiempo para casi nada. Cada día un vestido, esa mañana era uno rosa con una cinta de color blanco que le convertía en una niña repipi. Como casi siempre, estaba acompañada de dos de sus primas lejanas, Marta y Patricia, eran 1 y 2 años mayores que Rosa respectivamente y actuaban como vigilantes y muralla infranqueable para llegar hasta ella.

AmorMario apenas había conseguido cruzar unas palabras con ella en 3 ó 4 ocasiones, siempre protegida y vigilada por sus primas, así que un día decidió escribirle una carta de amor.  Escrita, reescrita y vuelta a escribir. Se había esmerado en la caligrafía, consultado las dudas en el diccionario y releyendo algunas novelas románticas que la abuela tenía en casa, para elegir las palabras con las que expresar sus sentimientos. Tenía la carta doblada en el bolsillo trasero de su pantalón. Esa mañana podría ser el día. Su amigo Miguel advirtió algo extraño en Mario, ¿Qué te pasa hoy? ¿Pareces nervioso y no paras de mirar a Rosa y sus primas? Mario contestó bruscamente, no quería perder la concentración en el momento y no paraba de idear maneras de acercarse a ella

De repente se le ocurrió una idea. No dijo nada a sus amigos y se marchó de la plaza, dio la vuelta a la calle Alta, esperó unos minutos, que le parecieron eternos y de repente entró corriendo en la plaza por la calle de la Fuente, gritando y directo hacia el grupo de las niñas. Algo les dijo. Las primas se miraron extrañadas y echaron a correr, Rosa se dispuso a seguirlas inmediatamente, pero Mario le agarró y le dijo algo al oído al tiempo que consiguió meter la carta en la minimochila que ésta llevaba.

Las niñas se fueron, y Mario se quedó en silencio, respirando agitadamente. Se agachó y se sentó en la acera. Sus amigos se acercaron ¿Qué ha pasado? Le preguntaba Marcos, siempre preocupado por su amigo. Nada! Está hecho, confirmó Mario, lo he hecho repitió antes de enfilar la calle Larga hacia su casa. Luis, Miguel y Marcos se miraron sorprendidos mientras Mario ya se alejaba dando santos de alegría.

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