carrera continua 2El sonido de la puerta de la calle despertó a Miguel. Se tomó su tiempo, miró alrededor y vio que estaba en su habitación, desnudo y solo. Se estiró, bostezó y se puso el pantalón de deporte. Eran más de las 12 de una mañana de un domingo precioso de primavera. Otra noche de juerga, de copas, de drogas y de sexo. 

Intento recordar el nombre de su ligue nocturno, Vanesa, Nesa o algo parecido. Que más da, al final eran tantas, que había perdido la cuenta y sus rostros se amontonaban en el cerebro sin orden ni control. Se tocó los genitales y un ligero cosquilleo de placer le recordó una buena noche de sexo. Sexo sin complicaciones, libre y sin ataduras. Miguel tenía dos reglas: no repetir chica y no enamorarse. Era feliz y lo sabía.

Después de la obligatoria parada en el baño, se dirigió a la cocina. Desayuno o comida, ni una cosa ni otra, volvió a la habitación, se puso una camiseta, las botas de running y se ajustó el mp3 con sus canciones favoritas. Eligió una selección de rock ochentero del más potente y salió a correr. Otra de sus normas, cada día correr al menos 5 Kms. Solo alguno de los días de más trabajo, cuando no terminaba hasta las mil buceando entre cifras y contratos, había dejado de cumplir con su cita diaria. El cuerpo agradecía el esfuerzo, los músculos y las tabletas de chocolate de su abdomen también exigían su ración diaria de deporte. Al tiempo que corría intentó recordar el nombre de la chica de la noche pasada sin mucho éxito. Un cuerpo casi perfecto, con unas curvas en las que perderte, incansable y exigente. Pensó si tenía el teléfono, quizá era un bueno momento para romper la regla y repetir.

exito1Miguel tenía 32 años y siempre había sido así, encantado de conocerse. Un triunfador en la vida y en los negocios. Sus padres se separaron cuando él tenía 5 años, desde entonces vivió con su madre, una mujer aprensiva y atormentada, llena de miedos y angustias y con un padre ausente por obligación, convertido en el papa Noel que concedía todos los caprichos en los escasos momentos que aparecía para compartir el tiempo asignado por el juez. Miguel era hijo único, pero pronto comenzó a convivir en momentos esporádicos con unos nuevos hermanos, Fran y María, dos gemelos hijos de su padre y su nueva esposa.

Así creció Miguel, libre y alborotado. La madre incapaz de controlarle y el padre deseoso de conquistar su amor y ganárselo a base de regalos. Desde muy pequeño solía pasar largas temporadas en el pueblo con sus abuelos maternos, todavía suficientemente jóvenes y con ganas de ayudar a su única hija después de la traumática separación y de criar a su nieto tantas veces como podían. Colegios caros, inteligencia innata, buen comunicador, hábil con los idiomas, no tuvo que esforzarse más que lo justo para tener un buen expediente en Empresariales  y encontrar un rápido trabajo en una multinacional americana. Mucho trabajo, algún jefe al que sacar de algún apuro, traje impecable  y  un sueldo que crecía sin cesar año a año al margen de todo tipo de crisis económica.

Al regresar de la carrera, se fijó en que había correspondencia en el buzón a pesar de ser domingo. Lo abrió y encontró una carta. Era de la clínica Monsanto, la que hacía anualmente los reconocimientos médicos a los empleados en su compañía. Por comentarios de compañeros, sabía que solo la recibían aquellos a los que se había detectado algún tipo de problema. Llevaba la indicación !Abrir inmediatamente!, pero seguro que no era nada, el colesterol, tensión alta, dejar la sal, etc. Un presentimiento oscuro le presionaba el pecho. Subió a  casa y dejó la carta sin abrir sobre la mesa del salón. Se sentó en el sofá y respiró durante unos minutos, la ducha podía esperar. Con un inexplicable temblor en el brazo derecho y después de un rato que le apreció eterno, abrió el sobre y extrajo un único folio con membrete de la clínica. Sólo pudo leer, dolencia cardíaca grave, cita urgente con el médico de la empresa para el día siguiente. Dejó caer el papel, un sudor frío recorrió su espalda, algo cambió dentro de Miguel. De pronto supo que ya nada volvería a ser igual.

Anuncios