miel de naranjaMario abrió los ojos en cuanto los primeros rayos de sol mañanero se filtraron por la ventana. Era de madera y con unos cuarterones que no encajaban del todo bien, y por mucho que los cerrases era imposible impedir que la luz se filtrase en su cuarto. Eran los primeros días de julio, cuando el sol sabe que tiene la batalla ganada y brilla con intensidad para demostrar su poder desde el amanecer.

Como un resorte se levantó, apartó la sábana y la manta, compañera inseparable en las noches cuando la temperatura bajaba como tregua consentida separando los días más calurosos. Se levantó de la cama y en pijama y con los pies descalzos, salió corriendo al pasillo. Se asomó por la barandilla del primer piso y escuchó ruido en la cocina. Su abuela ya estaba allí trajinando con el desayuno. Miró al viejo reloj que presidía el descansillo de la escalera de subida al primer piso. Eran las 8 menos cuarto y había vuelto a perder

Desde que unos días atrás había llegado al pueblo a pasar sus vacaciones en compañía de la abuela se había propuesto levantarse, aunque sólo fuera un día, antes que ella para descubrir su secreto. Ponía el despertador, pero por alguna extraña curiosidad, nunca sonaba, era como si el fantasma del sueño profundo entrase cada noche en su habitación para desconectarlo. En fin, otro día será. Con una resignación que no albergaba derrota y con una ligera sonrisa inició el camino de regreso a su habitación con la firme decisión de volverse a dormir. Sin embargo, al llegar a la puerta percibió ese olor mágico proveniente de la cocina que se convertía en un irresistible impulso. Era la miel de naranja, el secreto mejor guardado de la abuela. Entró en la habitación, se puso las zapatillas, se ordenó el pijama y puso rumbo a su destino: la cocina y el desayuno

Bajó las escaleras con sigilo, si no había conseguido vencer a su abuela en la carrera matutina por madrugar, al menos le daría un buen susto. Paso a paso, conteniendo el aliento para que la vieja madera no crujiese. Afortunadamente y a pesar de acabar de cumplir los 12 años, era muy menudo y apenas pesaba 50 kgs. Se acercó a la puerta de la espaciosa cocina y justo antes de entrar escuchó: ¡Buenos días Mario, no te escondas que sé que estás ahí, dame un beso y entra que el desayuno ya está preparado. Un vaso de leche caliente con colacao, unas magdalenas, la rebanada de pan rústico y el bote de miel de naranja casero. Ay! Miel de naranja, la receta secreta de la abuela, una  de las razones por las que Mario siempre defendía frente a su madre las vacaciones en el pueblo. Definitivamente era ese momento del día que siempre disfrutaba, que nunca fallaba, pero no era el único.

pueblo1

Desde que era muy pequeño, Mario, en cuanto terminaba sus clases, incluso a veces antes de saber las notas, aterrizaba en el pueblo de la abuela. Ella le esperaba con los brazos abiertos, sus desayunos con miel de naranja y con unas cuantas tareas en el huerto que se encontraba apenas a unos metros de la casa. Mario dejaba el papel de estudiante modelo y empollón, para convertirse en un auténtico agricultor multiplicándose en las tareas necesarias del huerto. Tomates, alubias verdes, cebollas, pepinos, calabacines y lechugas esperaban ansiosos los mimos y cuidado del joven Mario.

Era un pueblo pequeño con las casas bastante dispersas, sin embargo como todo lugar que se precie, tenía su iglesia de varios siglos de antigüedad. Al lado la casa consistorial con su cartel anunciador de los tiempos de Franco, la fachada un tanto abandonada reclamado a gritos una buena mano de pintura. Una pequeña tienda, solo abierta durante el verano, que vendía casi de todo a modo de salvavidas de las personas de mayor edad. La iglesia, la tienda, el ayuntamiento y un grupo de casas conformaban una plaza de apariencia irregular. Aunque a veces había probado imaginando diferentes figuras geométricas, no conseguía encontrar una para definirla. Allí en la plaza, cada día después de la merienda, se preparaba para otro de los momentos mágicos del día. Se juntaban los amigos de su cuadrilla, veraneantes como él, y esperaban a que ella apareciera. Rosa, la niña más bonita de toda la región, la que le había robado el corazón. Aunque ese era su secreto y la razón más poderosa para no perderse las vacaciones en el pueblo. No estaba dispuesto a decírselo a nadie hasta que no descubriera la receta de la miel de naranja, su arma secreta para conquistar a Rosa.

Anuncios