LunaCaminaba solo, bajo la luz de la luna. Sin rumbo ni dirección, acompañando su ondulante movimiento con una cansina melodía ahogada en los efluvios de alcohol barato. Era cerca de la medianoche, el frío de finales de octubre hacía días que había hecho acto de presencia y a ratos una fina lluvia acompañaba una noche bastante desagradable.

Aunque este blog sigue teniendo vocación periodística, vamos a cambiar de registro, aunque sea a modo de paréntesis. Iniciamos la publicación de una serie de relatos que titulamos “Tres lunas”. Este es el primero al que llamamos “Lágrimas perdidas”.

Caminaba solo, bajo la luz de la luna. Sin rumbo ni dirección, acompañando su ondulante movimiento con una cansina melodía ahogada en los efluvios de alcohol barato. Era cerca de la medianoche, el frío de finales de octubre hacía días que había hecho acto de presencia y a ratos una fina lluvia acompañaba una noche bastante desagradable.

Sin saber cómo, pero si por qué, llegó a la orilla del río que se extendía majestuoso y en calma separando la ciudad en dos mitades desconocidas entre sí: un centro cosmopolita envidia de cualquier turista o viajero  y los barrios olvidados donde se esconden los derrotados en mil batallas. Miró al agua y por la luz de la luna, vio el reflejo de su rostro. No consiguió reconocer aquella figura apenas humana con barba de varios días, los ojos inyectados en sangre, la mirada perdida y una ligera baba resbalando por su mandíbula. ¿Quién era ese hombre sin mirada? ¿Quién era él?

Se arrodilló al borde el río y contemplando su rostro en el agua, dejó escapar una lágrima perdida que en seguida se vio acompañada de un llanto silencioso, sereno y lleno de melancolía. Una vez más su mente rastreó el recuerdo de Rosa. Apenas había pasado unos días desde que la despidió en aquel cementerio recién estrenado. Días, no sé cuantos, en los que había vagado sin rumbo entre las oscuridades  y los sinsabores de aquella ciudad. En la misma posición y contemplando la imagen de ese hombre desesperado, recordó. Recordó aquella mirada sencilla, inocente y llena de ilusión de Rosa. Era apenas una niña cuando le conoció, pero tenía las ideas muy claras, sabía lo que quería. Quería comerse el mundo. Su vitalidad, reflejo y contraste de su temprana enfermedad, llenaba su espacio común. Ideas alocadas, pero llenas de esa ternura casi adolescente que siempre conseguía adhesiones inquebrantables, pero no sólo de él, sino de cuantos se encontraban alrededor. Sin embargo aquella luz se había extinguido definitivamente hacía unos días. Esa luz que iluminaba su camino y que ahora había dejado paso a una oscuridad insoportable y a una sensación de vacío que retorcía sus tripas sin cesar.

paisaje

Alcohol y desesperación fueron sus compañeros en ese lento deambular en busca de un final inevitable, de la destrucción liberadora de esa angustia provocada por la ausencia del ser querido. En ese momento, comprendió muchas cosas, la premura por vivir, el hacer hoy todo lo posible sin dejar nada para mañana. Lecciones de vida y de energía de una compañera que nunca podría ser reemplazada.

Se incorporó y una leve sonrisa apareció en su rostro. Metió la mano en el bolso de su gabardina y sacó la pistola recuerdo de su reciente pasado militar. Movió el brazo con lentitud, saboreando paso a paso el momento. Miró el arma, comprobó el cargador, quitó el seguro y con una tranquilidad pasmosa acercó el cañón a la sien por la parte derecha de su cabeza. Varios pensamientos acudieron de forma instantánea, su niñez, sus padres, la etapa en el ejército, la frustración de los hijos que no habían llegado y ella, siempre ella. El vacío que le rodeaba desde que Rosa falleció víctima de un cáncer. Volvió a sonreír y apretó el gatillo. Un ruido seco y violento convertido en aullido liberador, un fugaz atisbo de dolor y después silencio y paz, mucha paz.

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