Circo Mundial. Fte: turismoyarte.com

Un año más el circo instala su carpa en Madrid como anticipo de las navidades y nos invita a viajar a su mágico mundo. Son varios, pero elegí el Gran Circo Mundial, que está presente por partida doble en la plaza de toros de Las Ventas y en La Vaguada. Es el circo de siempre, el tradicional, el de toda la vida. Combina trapecistas, acróbatas, malabaristas, magia y animales amaestardos, sin olvidar a los auténticos reyes del circo que son los payasos.

Hacía tiempo que no acudía a un espectáculo de este tipo y cuando ya divisaba la carpa del Gran Circo Mundial no pude evitar un cierto aire de nostalgia, de recuerdos de otras épocas en las que uno era bastante más joven. Hoy, este tipo de circo ha sido desplazado por otras formas más modernas con acrobacias imposibles, coreografías y músicas creadas para la ocasión. Propuestas que nos ofertan espacios como el Price en Madrid o compañías como El circo del Sol o El Nuevo circo de Shangai. Nos recuerdan que el origen de este tipo de espectáculo hay que buscarlo en la China más antigua, aunque fueran los romanos quienes lo hicieran famoso con sus torneos y carreras de cuádrigas.

Pero hoy no es día para el circo contemporáneo, hoy es momento para el clásico. “Es como un regalo para los ojos de los niños y para los mayores es un regalo para el corazón”, así nos lo explica Luis Moreno, jefe de pista del Circo Mundial. El maestro de ceremonias que desde la pista y micrófono en mano va presentando los diferentes números al tiempo que busca la complicidad del público. Un personaje muy especial, el único papel que la mayoría de nosotros podríamos desempeñar en un lugar donde los artistas se juegan la vida casi cada día. Luis nos recuerda, con una mirada no exenta de melancolía, como “el circo es el último reducto donde la ilusión está intacta, donde hay que entrar con cuerpo, pero sobre todo con mente infantil”. Abandonamos el frío del invierno y entramos al calor de las gradas, dispuesto a dejarme llevar por la magia del momento. Dispuesto a volver a sentirme niño, aunque sólo sea por un par de horas.

Sin saber cómo, nos trasladamos a otra dimensión. A las caravanas en las que viven los artistas con las que se desplazan de ciudad en ciudad, de pueblo en pueblo. A la endeblez de una carpa y unas gradas montadas para la ocasión. Al sabor tradicional y la fragilidad que se respira cuando los artistas nos plantean números imposibles mientras nuestro corazón late a toda velocidad. El trapecio, la cama elástica, los mortales, el juego de las telas que soportan el vuelo de un atleta y la magia. Aún es posible sorprendernos cuando delante de nuestros propios ojos, a una distancia de apenas unos metros, vemos desaparecer a una mujer y en su lugar nos saluda un tigre que se pasea tranquilo por delante del público. También es posible escuchar a un oso gigante tocar la trompeta, sentarse en una silla y saludar a los espectadores haciendo gala de una inteligencia muy especial. Y que me dicen de los payasos, los protagonistas en la pista que arrancan las sonrisas de los más pequeños, los protagonistas en las gradas.

Todo espectáculo siempre tiene un pero y en este caso, es la utilización de los animales. Se nos asegura que son perfectamente tratados, que sus cuidadores cumplen con todas las normas de respeto, pero no podemos evitar una cierta sensación de tristeza y de amargura cuando vemos pasar al tigre, a los elefantes, o a los caballos por delante de nosotros. Es el argumento que esgrimen todos aquellos que critican al circo y no están exentos de razón. Yo preferiría que no hubiese animales que dejaron de ser salvajes para estar domesticados al servicio de un espectáculo. Seguiría siendo circo tradicional en esencia y ganarían el respeto de muchos de sus críticos.

Todo comienza y todo termina. Cuando los artistas saludan en la ceremonia final recuerdo la escuela de circo Carampa, años y años preparando jóvenes para que con sus números sigan alimentando un espectáculo que desde luego no vive sus momentos de mayor esplendor. Vuelvo al frío del invierno y me abrigo. Han sido más de dos horas que apenas han supuesto un instante. Salgo con una sonrisa en mi rostro porque me quedó grabada en mi memoria la cara de ilusión de un niño que explicaba a su padre lo que acababa de decir un payaso mientras no podía de dejar de mirar la pista. Ya sólo por eso ha merecido la pena. Viva el circo, viva la magia, viva la ilusión.

Otros enlaces de interés:

El oso del Circo Mundial visitó la Cadena Ser en Valladolid. (Vídeo 8’54”)

Galería fotográfica del Circo Mundial

El circo mundial en absolut.com

Fieras amaestradas bajo la carpa (elpais.com)

Entrevista con Luis Moreno en Radio Enlace (Audio 8’35”)

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